Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Hispanidad

PRIMERO fue Elvira Roca con ‘Imperofobia’; ahora Marcelo Gullo Omodeo con ‘Madre Patria’. Dos magníficos historiadores para retomar la memoria y la honra de esta España nuestra tan denostada y vilipendiada. Ella, española, emérita profesora en la pérfida Albión. Él, argentino, criado en la extensa latitud del Río de la Plata y algo más informado que ese otro que nos representa en el parlamento ex-español. Qué gran lección de historia sin complejos, cuando los hechos objetivos se plasman, sin miedo, con honradez y rigor, contra la calumnia que durante tantos siglos ha estado azotando el corazón de quienes fueron hacedores de lo que fuimos; porque ahora no somos ni la sombra de los que fueron. Gullo desmonta las mentiras y mitos que construyeron la Leyenda Negra, para decirnos, a los españolitos de aquí, que no debemos renunciar a la verdad de nuestra propia historia, ni aceptar que sean nuestros eternos enemigos quienes sigan con semejantes patrañas ¡Bien por D. Marcelo! Lo más importante: su apuesta por la reconquista hispanoamericana.

Si en otro tiempo fuera D. Pelayo quien comenzara la unión de los pueblos cristianos frente a los invasores musulmanes; ahora les corresponde a los hispanoamericanos. Porque españoles ya no somos sólo los peninsulares, sino esa formidable utopía de nuclear un proyecto hispánico capaz de unir a la América del Sur, México… filipinos, africanos y a cuantos de habla hispana hubiere. Algo así como cuando España era Imperio y todos éramos españoles. Una defensa de la Hispanidad a lo Ramiro de Maeztu; con menos literatura e ideología, mas con similar ardor y otra tanta convicción fundada, que no es poco. La refutación de la Leyenda Negra es implacable, y de estas obras necesitamos para rearme del espíritu que hizo de este país prototipo de civilización y cultura. Los hombres que construyeron el Imperio eran intrépidos, libres, aventureros, también, pero poseídos por una conciencia de libertad tan fuerte como la de su virtud y justicia, que sin duda venía alimentada por la fe de sus misioneros, que fue la que sirvió de verdadero bastión inexpugnable en su lucha contra el poder de las potencias protestantes, cosa que jamás pudieron perdonar. Algo así como le pasa a España con el comunismo, que fue capaz de vencerlo y es ahora motivo imperdonable (véase, mutatis mutandis, la memoria histórica de vencedores y vencidos, que tenemos que seguir aguantando como la cruz cansina de la leyenda negra).

De la cuenca de la Plata viene ahora un rayo de luz, como en su día lo fueran ese puñado de intrépidos españoles que llevaron cultura, civilización y vacunas al nuevo mundo. Necesitamos valorar aquello que nos identificó y cohesionó, si no queremos sucumbir al imperialismo avasallador islámico, a la balcanización de las autonomías, o al utilitarismo anglosajón y calvinista ¡qué ingenuos somos frente a chinos, musulmanes y anglosajones! ¿Y cómo olvidar la fe fundante de la hispanidad? Aquellos misioneros que dictaron las normas de conducta para los conquistadores. Efectivamente, la escuela de Salamanca fue, con Francisco de Vitoria, Tomás de Mercado, Francisco Suárez, Luis de Molina, Domingo de Soto o Melchor Cano, quien promulgó, por expreso deseo del ‘imperio católico’ (no imperialismo), un anticipo de los Derechos Humanos en el Derecho de Gentes, que hizo valer el respeto al indígena e instaurar la posibilidad del mestizaje, algo inaudito, hasta muy avanzados los siglos, en toda la civilización anglosajona y francófona. Y fue esta fe católica fundante la que hoy nos permitiría entender los hechos históricos de aquellos que se movieron por algo más que por puro materialismo. Había principios espirituales que movieron a aquellos hombres a realizar semejantes hazañas, incomprensibles para el análisis puramente materialista, economicista y utilitario de hoy. Quizá por eso el islam está consiguiendo cotas de asentamiento que no acaba entender occidente (lo digo como consejo).

Propongo a ‘todo compatriota’ de este sugerente autor (Gullo Omodeo) que dé un vistazo a tan singular obra maestra (Madre Patria), y sea así como mejor refresque la historia verdadera de la Conquista Española, sin que haya que estar pidiendo perdón a quien no se lo merece ni entiende (aunque yo solicite misericordia, ahora, por cuantos inconvenientes diga). Vaya pues mi respeto para aquellos intrépidos héroes que supieron liberar de los incas ‘que obligaban a beber en los cráneos de sus padres recién sacrificados o a tocar los tambores confeccionados con la piel de los vientres de sus madres. O el genocidio de los aztecas que sacrificaban anualmente a 150.000 jóvenes de otros pueblos mesoamericanos a los que sojuzgaban’. Al parecer Hernán Cortés fue un sacrílego para aquellos dioses y un incomprendido, ahora, para los que interpretan la historia sin Dios alguno, y se les da pábulo.

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