Su propio afán

Historia de una escalera

Un matrimonio con hijos pequeños tiende a considerar especialmente valioso cualquier minuto de sueño

Al fin he entendido por qué "una aventura amorosa" es, coloquialmente, una extramatrimonial. Porque en el matrimonio las aventuras son mil y una, como mínimo. Por supuesto, las grandes, como amarse, reírse, educar a los hijos, sobrevivir a Hacienda, sobrevolar los años… Y las pequeñas, como la otra noche.

Me desperté de madrugada con un punzante dolor de cabeza por razones (ay, los finales de curso) que no vienen al caso. Bajé a automedicarme y, ya en el salón, decidí echarme en el sofá para no andar molestando a mi mujer. Cuando ella se levantó para irse a trabajar se asomó al cuarto y dio lo que me pareció un chiflido muy desaprobador, pero que era, como supe después, un suspiro de alivio.

Durante el desayuno me contó que había pensado que me había dado un costalazo en la escalera. Entonces recordé vagamente que también había oído algún ruido nocturno, pero, en principio, no fue un batacazo mío. Durante la mañana, alguien en el trabajo comentó la tormenta eléctrica de esa noche. Comprendí que mi mujer había confundido trueno con trompazo.

Lo que me costó entender un poco es que no se levantase a ver cómo estaba. Porque si oyó el golpe tuvo que oír que yo no decía ni mu después, como si me hubiese quedado frito (o dormido o peor). Supongo que, en una relación menos conyugal, la chica se hubiese levantado alarmada a ver qué pasó con su leve camisola aleve. Pero el matrimonio con hijos pequeños tiende a considerar especialmente valioso cualquier minuto de sueño que se pueda rebañar.

Como soy un romántico, prefiero pensar que ella estaba segura de que yo no iba a hacerle el feo de descalabrarme a la francesa y que, antes de desnucarme, tendría el detalle de pedirle permiso y de discutirlo en familia, como todo.

Por supuesto, hay una explicación más lógica. El trueno la asustó, vio que yo no estaba al lado de la cama e imaginó el batacazo. Luego, lo descartó, porque yo no me quejé más, porque fue un ruido seco, o por lo que sea. A la mañana siguiente sólo recordaba el pequeño susto y no el alivio que le permitió seguir durmiendo. Pero yo venía a decir, sencillamente, lo que mis lectores casados ya saben. Hay un amor hondo, como un fondo del mar, que no se altera apenas ni con tormentas ni con nervios. Y es bonito ver que una relación es tan grande como para echarse, entre pecho y espalda, una hipotética caída rodando por las escaleras sin que se nos mueva una pestaña.

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