Su propio afán

Hurra por Rufián

Si fuera la Cámara de los Lores, ya sería otra cosa, pero en el Congreso tiene que estar todo quisqui

Se raja de la burbuja del mundo pequeño que los algoritmos de internet, el sesgo de asentimiento y las afinidades electivas nos crean alrededor. Esto es, que hablamos, nos leen y leemos a quienes piensan más o menos como nosotros y tienen nuestros referentes culturales y políticos. Yo soy partidario de la multiculturalidad y el diálogo a diez bandas, pero en abstracto. En la práctica discutir me aburre hasta extremos entreguistas y, como no puedo leer a todos, prefiero concentrarme en los buenos (sí, sí, en los que yo considero buenos, desde luego, Sr. Relativista, tiene usted toda la razón, faltaría más).

Eso, en nuestra vida privada; pero, en la vida pública, en el foro, hay que oír a todos, porque es uno de los encantos y placeres de la democracia, a veces; además de uno de sus presupuestos, siempre. En el Parlamento no caben mundos pequeños, sino que el hemiciclo se abre para abarcar a toda la realidad nacional, que representa.

Por eso, por estrictos motivos de representación, Rufián resulta tan significativo. Si fuera la Cámara de los Lores, ya sería otra cosa, pero en el Congreso tiene que estar todo quisqui e, incluso, todo quinqui y está bien que a los diputados de uno y otro partido se les abran los ojos y los oídos a con quienes pactan y a quienes llevan años riéndoles las gracias y a quienes aguantan los ciudadanos en sus respectivas regiones.

Los insultos de Rufián al ministro Borrell serán serrín y estiércol, como ha dicho diplomáticamente el ministro de Exteriores, desde un punto de vista ontológico. Desde el punto de vista político, son un espejo límpido. No olvidemos que, con ésos, Rufián, Tardá y el del escupitajo, con ésos mismos, pactó Sánchez su aterrizaje (ejem) en La Moncloa y quiere ahora pactarse los presupuestos. Por ésos, su defensa de Borrell está siendo tan tibia, que quizá sea lo que más le duela al ministro y también (ojo al dato) lo más clarificador, porque a Rufián ya lo teníamos calado.

Los de ERC también eran la parte dialogante del nacionalismo catalán, según Soraya y Rajoy, que no se nos olvida. Así que todos merecen una ración de Rufián. En el Infierno y en el Purgatorio de Dante rige la ley del contrapasso (del latín contra y patior, «sufrir el contrario») que castiga a los condenados a revivir eternamente aquel vicio por el que se condenaron, ahora en versión castigo. ¿No es Rufián el contrapasso dantesco de tanto pactista?

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