La tribunadesde el fénixla ciudad y los días

Manuel Bustos Rodríguez / José Ramón Del Río / Carlos Colón

La Iglesia ante el año nuevoEl juez SerranoEscáneres, libertad y privacidad

LA Iglesia lleva más de dos mil años sobre la Tierra. Probablemente no haya en la actualidad una institución más longeva. Su fundador, Jesucristo, promete que durará hasta el final de los tiempos y que ningún poder prevalecerá sobre ella. Aquellos que pretendieran anularla, procedan de donde procedan, quedarán, así pues, frustrados en su intento. Sin embargo, qué duda cabe que hoy como ayer, ahora ante el año nuevo, la Iglesia se encuentra frente a desafíos de gran calado.

Unos vienen del exterior. Día a día crece la sensación de que se extiende en el mundo, y particularmente en Occidente, una ola de anticristianismo o cristofobia; que existen, incluso, fuerzas influyentes, tal vez numéricamente poco relevantes pero bien coordinadas, que buscan promoverlo conscientemente. Incrédulos, algunos no quieren aceptar esta realidad, pero qué duda cabe que el cristianismo, ese humus vivificador de nuestra cultura en que hemos crecido, ha sido removido y su mero recuerdo se ha transformado en algo molesto y, para algunos, no deseado. Tal vez, la Iglesia se ha convertido ya en un bastión frente a los sofisticados totalitarismos de nuevo cuño que llegan.

En este terreno, la pugna a librar, aunque desigual, será dura y larga. Y la apostasía de muchos (es una población bautizada, catequizada o casada mayoritariamente por la Iglesia, o que realizó exequias en su seno), se reforzará con la suma de los temerosos a ir contra corriente, contradecir al poder o en búsqueda de una vida sin grandes compromisos. En España tenemos, como no podía ser menos, partidos, colectivos y personajes dispuestos a unir fuerzas en este propósito. El ambiente gubernamental les es, en estos momentos, especialmente propicio.

Pero la Iglesia tiene que afrontar otros desafíos no menos importantes, que proceden de su interior. Así, el que proviene de una secularización arraigada entre sus miembros, sacerdotes y laicos. Es producto de la capacidad de la cultura actual para ganarse a los ciudadanos por el placer y el bienestar, así como de una pérdida de tensión entre las exigencias temporales y sobrenaturales. Sus manifestaciones son muy diversas.

Comporta en general la aceptación, a veces inconsciente, de ideas y conductas opuestas a la doctrina y la tradición de la Iglesia, y una cierta protestanización. Van unidos con frecuencia a la desobediencia y la desafección a los legítimos pastores, incluso en temas doctrinales relevantes. Sus protagonistas son capaces de erigirse en papas y obispos de sí mismos, a conveniencia de sus criterios e intereses personales. En otro tiempo, se hubieran separado de la Iglesia; ahora, en cambio, se consideran con derecho a seguir en ella y quieren hacer creer que es la Iglesia quien se ha separado de ellos. Esta situación afecta a políticos, teólogos, religiosos, es decir, los que suelen tener más eco, así como a un número variable de cristianos de a pie. El escándalo que suelen producir es grande. No es preciso decir que, en ellos, tiene una cantera utilísima la oposición a la Iglesia y quienes desean combatirla. Hay suficientes ejemplos en las últimas décadas, presentes en la mente de casi todos.

El actual Papa, al igual que su antecesor, ha puesto en marcha una línea de lento y gradual acercamiento a la tradición más genuina de la Iglesia, dando sentido a lo que lo había perdido en las últimas décadas, rescatando contenidos clave de los primeros siglos de la Iglesia, elementos litúrgicos injustamente preteridos y animando a una purificación de las prácticas y comportamientos de sacerdotes y laicos. El cambio busca más el fruto a medio y largo plazo, en las nuevas generaciones, antes que en aquéllas que han sucumbido en todo o en parte al marasmo vivido en ese tiempo. Significa a la vez una apuesta por una Iglesia que pueda afrontar con reciedumbre los adversos avatares que se avecinan.

En el ámbito hispano, la reavivación nacionalista produce y producirá choques con aquellos que han hecho de la identidad nacional su absoluto, en contra del sentido universal y evangélico de la Iglesia. En el mes de diciembre hemos tenido algún ejemplo paradigmático de esta situación. La Iglesia tendrá que emplearse aquí con prudencia, a la par que contundencia, a fin de atajar el avance de esta herejía rediviva, o cuanto menos desviación, cuyos efectos son apreciables dentro de las comunidades afectadas, por el descenso de la práctica religiosa y de las vocaciones.

En definitiva, el reto estará en lograr una Iglesia arraigada en una espiritualidad profunda, unida a sus pastores, que valore su rica tradición secular. Con una propuesta liberadora integral para los hombres, que, sin pérdida de la necesaria tensión escatológica (mirando, pues, al final de los tiempos y de la vida individual), no desdeñe la transformación de la sociedad según el proyecto divino de bien, verdad y justicia, sin recluirse exclusivamente en la acción social.

EL juez de uno de los juzgados de familia de Sevilla, Francisco Serrano, ha adquirido notoriedad por sus criticas a la Ley contra la Violencia de Género. Como lleva doce años a cargo de un juzgado de Familia no se le puede negar que su opinión -acertada o equivocada- es la de un profesional, por lo que, al menos, merece una consideración de la que no pueden gozar otras de aficionados al tema. No sólo él, sino otros muchos han acusado a esa ley de faltar a la igualdad de trato, esencial, en una ley, porque castiga más duramente la misma acción si la realiza un hombre y no una mujer. Además de criticar a la ley por esta desigualdad, advierte que, por su experiencia, se producen gran número de denuncias que luego se demuestran infundadas y formuladas para mejorar la posición de un cónyuge en el pleito de divorcio. En la entrevista que le ha hecho este periódico, termina con un dato sorprendente: que el plan de igualdad tiene un presupuesto seis veces superior al del Ministerio de Trabajo y se defiende de las asociaciones feministas y de defensa de la mujer, que le han criticado con dureza, diciendo que una cosa es luchar contra el maltrato, que es lo que él hace, y otra, vivir del maltrato.

Nadie puede ponerse del lado de los maltratadores, cualquiera que sea su sexo. Sin duda que el mayor número de ellos pertenecen al sexo masculino, porque las diferencias biológicas dan lugar a desigualdades y es una evidencia científica que los cerebros del hombre y la mujer son distintos. Ello unido a la diferente segregación de testosterona, determina la mayor agresividad del sexo masculino, lo que explica, aunque no justifica, ese mayor número. Las diferencias biológicas nunca pueden justificar la violencia entre los que cohabitan. Otro tema distinto es el de la igualdad de los sexos, que comienza por negar la misma naturaleza al configurar dos sexos distintos para la reproducción de la especie, en lugar de uno solo, hermafrodita, y que sigue con que el hombre se orienta mejor en el espacio, guiado por la visión, mientras que la mujer tiene una clara superioridad en materia de lenguaje, lo que usted puede comprobar fácilmente oyendo hablar a su nieto y a su nieta de la misma edad. Dicen que se ha comprobado que el cerebro de los homosexuales está a medio camino entre el cerebro masculino y el femenino.

La Ley de Violencia de Género, que es una mala traducción del inglés porque gender lo que significa es sexo, debiera llamarse, como dice el juez, ley de violencia doméstica. Es indudable que la mujer, en el mundo occidental, ha estado oprimida y lo sigue estando en el oriental. Son, pues, necesarios profundos cambios culturales, aunque éstos no puedan cambiar la genética.

ESTADOS Unidos, Reino Unido, Holanda e Italia son partidarios de la implantación de los escáneres corporales para mayor seguridad de los pasajeros. Voces se alzan también pidiendo que se utilicen en los trenes de alta velocidad, especialmente en el Eurostar que une París y Londres bajo el Canal de la Mancha. En España, según dijo José Blanco, no se implantará de momento porque la seguridad se debe "compatibilizar con la libertad e intimidad de las personas". Se esperará que exista un acuerdo sobre esta cuestión en el seno de la Unión Europea, cuyos expertos en seguridad aérea se reúnen hoy para discutir y analizar sus efectos en la salud y los potenciales riesgos que supongan para las vigentes normas de privacidad. La cuestión también será abordada en el primer Consejo de Ministros de Justicia e Interior de la UE, que tendrá lugar los días 21 y 22 de este mes.

Sobre la salud nada tengo que decir: que hablen los expertos. Pero sobre la libertad e intimidad de las personas, tal y como están las cosas, creo que es preferible ser desnudado virtualmente por una máquina manejada por un profesional que acabar esparcido -en cueros, desmembrado y quemado- a la espera de que nos recojan y metan en bolsas de plástico. No encuentro en este caso conflicto entre seguridad y libertad. Si estamos dispuestos a ser escaneados, desnudados, explorados o sondados por los médicos para preservar nuestra salud, y con ella nuestras vidas, no se me ocurre por qué causa tanta alarma someternos a los escáneres corporales en los aeropuertos exactamente por la misma razón: para conservar nuestras vidas frente a la amenaza de los terroristas fundamentalistas. La libertad, desde luego, no se ve comprometida ni agredida. Y en cuanto a la intimidad, se trata de una concesión por así decir preventiva, ahora que en lo que a la salud se refiere está tan de moda esta palabra.

Dado que la deficiente definición de las figuras que se ven a través de los escáneres no las convierte en imágenes de páginas centrales del Play Boy o de portada de Interviú, se me escapa en qué medida se pueda ver comprometida la intimidad de los pasajeros. Al igual que me sorprende que se haya dicho que este sistema de seguridad violaría la ley de protección de menores, que prohíbe producir imágenes obscenas de niños y menores. Hay que ser muy retorcido para considerar un escáner una imagen obscena. Siguiendo este criterio hacer una radiografía a un menor también sería obtener una imagen obscena. Es que la radiografía se hace por su bien, se me dirá, para evitar males mayores. Y el escáner también, respondo.

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