HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Ilusiones históricas

Los revolucionarios ya no son lo que eran. Se siguen llamando así porque el nombre parece llevar con él un aire juvenil y renovador que encanta a los adolescentes de cualquier edad. Los adolescentes no son tontos, sino que, como su mismo nombre indica, adolecen de firmeza de pensamiento, pero se espera que la adquieran. Los adolescentes fuera de la edad propia son los representantes del pensamiento débil, un mal de nuestro tiempo, acrecentado por los métodos educativos y de enseñanza, que se torna irreversible a partir de los 25 años, de los 30 como mucho, y condena a las personas a vivir con ilusiones imposibles de realizar y deseos nunca satisfechos. El cine también contribuye a crear falsas expectativas revolucionarias. Ayer citábamos V de vendetta, buen ejemplo de cine gravemente peligroso para los quinceañeros, donde una dictadura capitalista es derrotada por la guerrilla urbana al mando de un enmascarado, que vuela el Parlamento de Londres porque, dice, no harán falta parlamentos después de la revolución. Sólo los poetas, y cuando escriben, son eternos adolescentes.

Revolución de verdad, que influyera en los ordenamientos político, jurídico y social posteriores, y una vez que se arrepintió de sus excesos, nada más que conocemos una: la francesa. La inglesa que le costó la cabeza a Carlos I fue más guerra civil que revolución, y también con arrepentimiento y algunas reformas se volvió a la seguridad de lo de siempre. No incluimos la rusa porque no fue una revolución, sino un desatino con suerte, de chamba. Nunca triunfó porque nunca rectificó. Murió de terquedad. La distancia en el tiempo influye asimismo en la percepción de las revoluciones: la francesa está cada vez más diluida en el conocimiento popular, mientras que si presencia la algarada callejera de una turba vociferante envalentonada por el gregarismo, le parecerá al pueblo una revolución.

Agrandadas por la cercanía, geográfica y del tiempo, el espejismo de las revueltas y tumultos en los países musulmanes, con guerra en Libia y guerra civil no declarada en Siria, parecen revoluciones en la prensa, pero nada más que ahí. Las crónicas de los enviados suelen simpatizar casi todas con unos revolucionarios que han derrocado dictaduras prosocialistas y pagadas de laicas, con ayuda armada de las potencias que las sostuvieron y con el aplauso de la izquierda europea de ideología afín. Algún día se aclarará el misterio político por resolver. De momento, en los países donde las dictaduras islámicas están bien instaladas no ha habido revueltas. Los partidos religiosos ganan elecciones u obtienen representación suficiente para dejar o no gobernar. El conde don Julián será nombrado en breve gobernador de Ceuta, y don Rodrigo, que anda sofocando otra revuelta en la Septimania, llegará tarde y cansado a las riberas del Guadalete.

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