Pobres políticos, cada vez son más y peor avenidos. Así no hay quien obtenga la mayoría ni quien se mantenga en el gobierno; primero porque siempre hay alguien moviendo la silla y segundo porque no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Si a eso le sumamos que cuentan con un público permanentemente cabreado e insatisfecho (con razón), pues el panorama es el que es. Ningún político gusta del todo.

Quizás por eso no paran de convocar elecciones como quien baraja y vuelve a barajar antes de repartir las cartas o tira de nuevo los dados sobre el tapete, a ver si hay más suerte; obviando que quien juega por necesidad pierde por obligación. No hagan juego señores, les diría si yo fuera crupier de ese casino.

A todo ello se suma el curioso fenómeno de la infidelidad premiada que también ha llegado a la política. Antes este discurso inmoral reinaba sólo en el mundo de las compañías telefónicas, de las empresas energéticas, de los seguros, pero, poco a poco, se ha ido extendiendo eso de premiar al cliente nuevo y mantener en el castigo y maltratar al cliente fiel. Raro es el negocio actual que no trata mejor al nuevo cliente que entra por las puertas a costa del que le ha sido fiel que tiene que pagar más y recibir peor servicio por su pereza a cambiar de contrato. La antigüedad es un demérito y mantenerse fiel como cliente sólo nos condena a pagar más y a no podernos acoger a los mil cantos de sirenas que entonan en exclusiva para los nuevos clientes. Di que te vas y se abren todas las puertas y todo son amabilidades y descuentos.

En el castigo llevan la penitencia porque nadie está contento donde está y todo el mundo cambia a la menor ocasión asumiendo la política infiel de las empresas. A mí, que me cuesta la misma vida cualquier cambio, que desearía que las cosas duraran para siempre como en los anuncios cursis, me mortifican todas estas infidelidades y, cuando me obligan a cambiar, lo hago con el mayor de los escepticismos intuyendo que será a peor y que habrá alguna letra menuda que se me escapa.

Los partidos políticos, los nuevos y los viejos, como si fueran compañías telefónicas, nos llaman a la infidelidad. Quieren distinguirse de cuanto les iguala, quieren cambiar el sentido de nuestro voto, quieren negar nuestra ideología a cambio de castigar y ser prácticos. Quieren el voto indeciso, el cliente dudoso. Los que votamos por herencia y tradición no interesamos. A nadie.

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