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Jerez Íntimo

Marco A. Velo

James Stewart a la jerezana

Permanezco, estoico, en casa. Teletrabajo a destajo. Las horas dan paso a las deshoras. Una silla giratoria bajo mis posaderas. Si miro de frente, me saluda la mesa escritorio que es libertad, fraternidad y quizás desigualdad. Si entorno la mirada, compruebo cómo se juega los cuartos el teclado isla de la tablet cuyo alfabeto ahora sostiene una lineal musicalidad que aspira a la pianística de Gerardo Diego pero en clave de “bordón de moscarda”.

La desescalada es como una liberación indómita con trayecto boomerang. O sea: un escarmiento con efecto retroactivo. Las predicciones son más frágiles que el manto de las hadas. Determinados datos (funéreos) producen halitosis. La esperanza de la Humanidad se agiganta. La ilusión, empero, evalúa en cuarto menguante…

Mejor despestañarse en lecturas como ‘1984’, de contenido premonitorio. ¿No se ha imbuido usted en las páginas visionarias de esta novela distópica? El escritor británico George Orwell la publicó en 1949. Entrecomillo renglón y medio de la contraportada: “Orwell concibió ‘1984’ como una llamada de atención sobre el futuro que se avecinaba si las prácticas e ideales del nuevo orden mundial seguían por el camino que ya empezaban a mostrar”.

En la página 159 de esta edición de bolsillo, que adquirí el pasado mes de agosto a pie de caseta de la Feria del Libro del paseo marítimo de Rota, leo lo siguiente: “Ese proceso sigue minuto tras minuto y día tras día. La Historia se detuvo en seco”. ¿Capacidad adivinatoria o aviso a navegantes?

Si observo de soslayo a la derecha, una estantería repleta de revistas de cine se repliega de pared a pared. No soy un mero coleccionista de estas publicaciones de periodicidad mensual: cultivo además la rareza de leerlas. Lo juro por la gloria de Cotón. Y también por la de Mr. Belvedere. Si giro el cuello hacia la izquierda, una ventana se adentra en mi palmo de narices. La arboleda de la Avenida de Europa luce frondosa y abrillantada. Bailando al soplido libertario de sus anchas. ¿Bucolismo despechado? ¿Naturaleza que se atiene al lenguaje icónico de su atemporalidad? Las ramas son raíces bocarriba. La Creación continúa palpitando sin el arbitraje de la fusta humana.

Visualizo las terrazas de la urbanización de enfrente. Los vecinos que allí habitan alcanzarán -en sentido contrario- mi cabeza gacha mientras escribo. Por cierto: digresión: ‘Mientras escribo’, de Stephen King, es una obra harto recomendable para este tiempo de escaladas y desescaladas y fases y desfases. Terminé de leerla allá por las postrimerías del lejanísimo verano de 2019 en un confortable hotel de Conil. Stephen King insiste en que desconfiemos del adverbio. Fin de la digresión…

Recrearme en la lontananza que me ofrece la ventana de mi escritorio es como subvertir el acoso de la pandemia. Como descabalgar la sordina de esta pringosa desarmonía del virus que nos acorrala. Como huir del contrapunto. Como redescubrir el ojal del verso: “Vieja estampa, el ayer puro”. La ventana -con su cuadratura de arranque a la grupa- me ratifica que la exterioridad -como una contrapartida soleada- permanece indemne. La ventana es una bocamanga de platino que me facultará para ganar el ínterin del confinamiento.

Me detengo a observar la simetría de la vida en compartimentos estanco que proyectan las terrazas del vecindario. Las que se sitúan frente por frente son una sucesión de estampas adscritas a la rutina diaria. Parezco un James Stewart a la jerezana en este remake impreciso de ‘La ventana indiscreta’ de Alfred Hitchcock.

No necesito ningún zoom para adivinar que otra vez la chica rubilla de mediana estatura y suelta camisa ibicenca, como una Eugenia Martínez de Irujo sin títulos nobiliarios, hablará en la esquina de su balcón, codo a codo, con su vecina morena de tez y morena de cabellera -larga e interminable como una Pocahontas de andar por casa- justamente a la hora taurina -y lorquiana- de las cinco. Ni que media hora más tarde, dos terrazas al oeste, un abuelo de blanca tez y expresión jovial sacará pecho -risueño- al oxígeno de la nostalgia. Ni que dos tortolitos recién casados -con pinta de Sergio Ramos él y de María Lapiedra ella- pelen de nuevo la pava antes de que la luna lunera se postule como reina de la noche.

Todo se me antoja puro cine clásico aunque, a contrapié de la mítica película de Hitchcock, aquí nadie parece que vaya a cometer ningún crimen…

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