HABLADURÍAS

Fernando Taboada

Esto es Jauja

CUALQUIERA que pase por la Feria Internacional del Turismo que se celebra en Madrid podrá comprobar que a España la gente sigue viniendo por los mismos motivos que venía cuando las suecas nos conquistaron hace cincuenta años. Y es que, aunque ahora nuestros playboys conozcan los secretos de la depilación y ya no luzcan ese pelo en pecho que contra todo pronóstico convirtió a Alfredo Landa en un galán, hay que reconocer que en el siglo XXI siguen siendo muchos más los forasteros que buscan aquí el desmadre ibicenco o la cogorza playera que los que vienen a disfrutar de las joyas del románico.

Y no es que esté de sobra hacer de la enajenación mental un reclamo turístico. Pero en estos tiempos tan complicados para la economía habría que ir pensando en ampliar la oferta. Ya sé que hay otros cebos, pero si nuestra seña de identidad más reconocida ahora mismo en el mundo es la corrupción, y periódicos tan prestigiosos como Washington Post o Le Monde dedican sabrosos reportajes a nuestros escándalos, ¿a qué esperamos para sacar tajada? ¿No insiste el extranjero que visita Sicilia en retratarse junto al cartel que anuncia Corleone? Pues en España, donde también hay mafiosos, no deberíamos perder la ocasión de rentabilizarlos.

Tenemos casos de corrupción muy pintorescos (con la Casa Real implicada y la cúpula del Gobierno en el punto de mira), así que sería una lástima desaprovechar tamaña riqueza natural. Porque no se puede negar que el fraude y la depredación forman ya parte de nuestro patrimonio natural. Yo por eso estoy de acuerdo con quienes pretenden firmar un pacto por la corrupción. La corrupción es algo tan nuestro que habría que protegerla y conservarla, como suele hacerse con otras aves de rapiña.

Así, las nietas de aquellas suecas que llegaban en busca del latin lover vendrán ahora como locas preguntando por el duque de Palma, a ver si, entre presunto chanchullo y presunto chanchullo, les pone un pisito en Pedralbes. Querrán llevarse de recuerdo algún bolso, aunque sea de imitación, igual que los que regalaban los imputados de la trama Gürtel. El maletín, tan gracioso, desbancará al abanico de lunares como souvenir. Y los turistas de cierta edad seguirán visitando Marbella porque allí, aparte del sol y los espetos de sardinas, tampoco estarán faltos de una corrupción maravillosa.

Un país que gasta casi cinco mil euros en confeti para que su ministra de Sanidad celebre fiestas de cumpleaños es un país que ha entendido perfectamente que la austeridad de los ciudadanos no está reñida con la parranda de sus gobernantes. Si lo que se ahorra en hospitales se gastara íntegramente en serpentinas, estaríamos ya en el camino de la recuperación. Pero para eso hay que malversar sin miedo. Los turistas entonces abarrotarían nuestros hoteles y prometerían volver lo antes posible, porque en unos días de vacaciones no iban a tener tiempo de conocer los tesoros más importantes de nuestra inagotable corrupción.

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