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Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

Jerez y la escalera de la Academia

Joaquín Quiñones pegó un pelotazo en el COAC 1995, sobre las tablas del Gran Teatro Falla, con su comparsa de amerindios uruguayos ‘Los charrúas’. Las melodías de octavilla y segunda -con Ramoni y Fali Mosquera a la cabeza- embelesaron a los aficionados entonces inacostumbrados -carnavalescamente hablando- a instrumentos sudamericanos como zampoñas, flautas o quenas. ¡Menudo trabajazo de solfeo exprés! ‘Los charrúas’ y su rival ‘El brujo’ alcanzaron la finalísima como cabezas de serie. Antonio Martínez Ares y su embrujado grupo llegaban además habiendo amasado dos primerísimos premios consecutivos -1993 y 1994- con ‘Los miserables’ y ‘La ventolera’. El sprint último también equiparaba en puntos del jurado a sendas agrupaciones sobre las tablas del coliseo gaditano. Quiñones versus Ares. El empate técnico era un hecho. ¿Qué inclinó la balanza? Pues un trallazo inesperado que dejó boquiabiertos a Tarantos y Montoyas: el inconmensurable pasodoble que ‘Los charrúas’ cantaron -a ojos entornados- con una letra que, “provocándole a los vientos el salto mortal”, llevaba por título -para la eternidad de la poética literaria del Carnaval de Cádiz- ‘Lucía un sol primaveral’ (aunque popularmente haya trascendido para los restos como ‘El pasodoble del bombero’). Tarareo sus versos de memorieta de cuando en tarde.

Este pasodoble que traigo a colación, y cuyo argumento -basado en un suceso real- humedece el lagrimar del más inconmovible de los humanoides, terminaba con una coda estremecedora: “… Dios no te quiso agarrar cuando te vio trepar, cansado, al sueño eterno: subiendo -¡subiendo!- la escalera del cielo”. Pues bien: a Quiñones me atuve, figuradamente, durante toda la tarde noche del pasado martes 15 en la sesión inaugural del curso académico 2019-2020 de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras. Fue un acto -un reencuentro- intrahistórico. Se presentaba el libro de la Historia de la Real Academia jerezana (1948-2018) firmado por el veterano Académico de Número Andrés Luis Cañadas Machado.

En toda institución subyace o prevalece un índice de nombres propios que “ya no están entre nosotros” y sin embargo permanecen omnipresentes entre los muros -nunca opacos- del continuum de la vida. La Academia, por encima de los ilustrísimos que toman/tomamos asiento en el ala derecha del salón de actos, está sustentada por el patrimonio inmaterial -el legado- de quienes (nos) precedieron en la venia de la corporación académica. He de confesar que ni por asomo recuerdo quiénes, de entre los vivos, asistieron el martes a la Academia. Porque yo sólo vi luceros con tratamiento de ilustrísimos -ascuas de luz- que subían por la empinada escalera del domicilio social de la calle Consistorio. Únicamente oí un dulce murmullo de gente que regresó del ayer más o menos inmediato con medalla de cordón blanquiazul al cuello.

Por la alta escalera de la Academia el martes se reencontraban rostros que mudaban la muerte por el latido. Se oía, como un eco coral bajo el arco románico del tiempo, el hilo de cobre de oradores de estampa multicolor. Todos volvían a la sesión académica pública. Entre la multitud ya escuchábamos el timbre de voz de Ángel Rodríguez-Pascual -otra vez revestido por su abrigo gris de anchas solapas-. Y brillaba el fulgor barroco de José Cádiz Salvatierra y la intelectualidad de José Juan Arcas Gallardo. Escalón a escalón ascendían, bromeando unos con otros, Paco Bazán y Jaime Bachiller, Valentín Gavala y Vicenta Guerra, Ángel Romero y José María Pemán, José Manuel Benítez del Castillo y Sixto de la Calle. Francisco Almagro y Pepe Ristori. José Ramón Fernández Lira y Adrián Fatou… Todos ellos el martes, de nuevo, regresaron a su Academia de San Dionisio. Para pisar sobre la pisada -sobre la huella propia- de una Historia que protagonizaron a pulmón lleno. Los que “no están entre nosotros” sí revisitaron la sede de su Real Academia. Yo los vislumbré subiendo la escalera de la docta casa. Subiendo la escalera de la memoria. Subiendo, como así afinaba la letrilla de Quiñones, la escalera del cielo.

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