Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Un doble escaparate en la calle Doña Blanca

Nunca nadie jamás pudo suplantar nuestro alborozo. Éramos niños optimistas por naturaleza. Ne quid nimis. Nada en demasía. Todo al abrigo de nuestro temperamento congénito, de suyo risueño. Desconocíamos entonces que Terencio recomendaba mesura para los diversos y a veces dispersos órdenes de la vida. Pero la nuestra sólo acunaba inocencias de niños de mofletes blancos y brincos de algarabía con capacidad para absorber, como Bob Esponja en sus historietas coloristas, cuanto a nuestro alrededor seguía su curso cotidiano. Esos días azules, tan de Machado. Nuestras fantasías a veces se verbalizarían de la idea al hecho. Y ya la experiencia de años anteriores nos verificaba que aquí lo abstracto de nuestros anhelos -así ha de definirse el contento de un chiquillo que escribe con letras inseguras su carta a los Reyes Magos- pasaba a lo concreto de la primera amanecida tras la espalda de Baltasar.

No éramos infantes alocados ni seres traviesos a beneficio de inventario. La tupida maraña del tiempo se decanta comúnmente por el atajo alegre de nuestros deseos menos gregarios. Y quizá por esta razón, siempre de la mano de papá, el corazón nos latía con más revoltijo y ritmo acelerado de maraca de Machín cuando calle Évora arriba, a principios de diciembre, ya nos disponíamos a pisar la primera a la derecha, es decir, la calle Doña Blanca en dominical mañana de paseo que pronto se familiarizaba con la inminencia de noche de cabalgatas y caramelos al aire como botoncitos equilibristas con algo de piñata del cielo. Aún faltaban semanas para la Nochebuena. Nuestros padres cumplimentaban entonces esa diplomática iniciativa de aparentar la casualidad de atravesar de norte a sur la calle Doña Blanca como sin venir a cuento, como una acción jamás pactada aposta por nuestros progenitores, como si ese “pasaba por allí” sin antes haberlo previsto -tan de canción de Luis Eduardo Aute- no fuese sino cuanto en pureza ponía de manifiesto: la voluntad de papá y mamá de tantear por adelantado las preferencias, en materia juguetera, de sus hijos de cara a la misiva de los Reyes Magos.

Andando los años supimos a ciencia cierta que los autores de nuestros días se hacían adrede los encontradizos con aquel pasillo interior escoltado por dos kilométricos escaparates -a los párvulos de entonces así se nos presentaban- que en calle Doña Blanca servían de antesala -¡nunca un túnel evalúo tanta luz!- a la entrada principal de la juguetería Álvarez. Ni aún utilizando toda la fecundidad del alfabeto castellano podríamos aproximarnos a describir, grosso modo, las sensaciones -¡fascinación es un vocablo que pecaría por defecto!- que en un repente nos producía pegar las narices de mocosos a los cristales de brillo de aquel rascacielos de la imaginación -¡decía Henry Miller que la imaginación es la voz del atrevimiento y los niños de aquellas calendas nos atrevíamos, como así los churumbeles de ahora, a enumerar por escrito nuestros 'muchos juguetes', que era el eureka de la anual correspondencia sostenida con Melchor, Gaspar y Baltasar!-.

Juguetería Álvarez también hizo del atrevimiento virtud. Porque apostó doble contra sencillo al continuum de la venta de juguetes durante el resto del año (y no ocasionalmente por Navidad como así era usanza en otros comercios de distinta epigrafía). Álvarez fue además un adelantado en el concepto hoy en boga de la igualdad y la paridad: dedicó un escaparate a cada género. E incluso un visionario de la actual técnica del marketing moderno: el brainstorming: esto es: la lluvia de ideas basada en la creatividad espontánea sin necesidad de filtros. Esto representaban sus escaparates para los niños de Jerez: una lluvia de ideas con las que soñar -entre tiritones de nervios a flor de piel- durante la tan corta y a la vez eterna madrugada del 6 de enero.

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