Jerez Íntimo

Marco A. Velo

Jerez: Montoro, AQ 35 y reflexiones al bies

Alfa: Reflexión abierta de par en par. La cicuta del ombliguismo campa a sus anchas sobre la faz del diablo mundo. Que a menudo es cojuelo y cojitranco. Menos autocompasión, menos autocomplacencia y menos autobombo. Menos es más en la esgrima contra las fauces del yoísmo (esa gangrena de la sobreexposición).

Beta: Reflexión de puerta entornada. La edad de los cuarenta y tantos jamás hay que ponerla en cuarentena. Es el sirope de la madurez con capacidad ejecutiva.

Gamma: Reflexión al bies. La voz de la conciencia nunca se expresa en duermevela. Resuena como la hora-verbo, como el vínculo eucarístico que armoniza lo que ha sido con lo que habría de ser.

Delta: Reflexión a la chita callando. El mediocre trepa los escalafones de la prueba de la evidencia.

Épsilon: Reflexión en tic-tac.

¿El tiempo nos traga o nos escupe? ¿Nos absorbe o nos catapulta? Encuentra, lector, la respuesta en el jeroglífico de tu fuero interno. Dseta: Temático giro copernicano. Jerez nublado a regañadientes, viernes, hora de papear. Almuerzo de negocios y amistad. Cinco son los comensales (para una velada de prosa sin prisa). El restaurante AQ 35 hace las delicias de este repóquer de paladares sin comodines en la bocamanga. El vino de la tierra riega la conversación. El disfrute gastronómico es de aúpa.

Me guardo en la alforja otra próxima alusión a la calidad hostelera del maestro de cocina José Luis Contreras, titulado por la Escuela de Hostelería de Cádiz y que ya llegó al restaurante del Hotel Jerez avalado por el magistral trabajo realizado en ‘Quince arrobas’ -el mesón tan acogedor como ibérico de la firma ‘Montesierra’-. Eta: Cambio de tercio a pie enjuto. Llega a mis oídos la mala racha -en ese Guadiana que hemos dado en llamar salud- ahora oscilante sobre la altura y alteza física del excelso cofrade Pepe Montoro (santo y seña de la Hermandad jerezanísima de la Buena Muerte).

No uso la jerga lingüística de Melanie Griffith, pero yo a Pepe lo quiero “una jartá”. Entre el patriarca -y sus hijos Josevi y Antonio- y un servidor de antiguo se creó cuasi lazos de sangre. Nuestro espíritu -nuestra conceptualización, nuestro criterio- cofradiero latían al mismo son. Por azares de las causalidades y de las casualidades (la vida a veces es un pimpampum donde nada sucede en vano) me tocó en suerte entrar prácticamente benjamín en el distrito de los máximos mandatarios otrora reunidos en Pleno de Hermanos Mayores allá por calle Sevilla. Ya para entonces mi amistad con Pepe venía incluso de lejos.

Siempre me hizo partícipe al detalle -sin escamoteos de datos ni de salvaguardas- de la realidad oficial y sobre todo oficiosa de su silente cofradía de la Madrugada Santa. Pepe ha disfrutado tanto como ha sufrido respectivamente episodios de mayoritarias lealtades y algún eventual caso de minoritario contubernio en su calidad de referente -¡que lo fue y lo es!- de la institución nazarena de Santiago.

De continuo admiré sobremanera su serenidad -fruto de la experiencia acumulativa, de la veteranía nutricia- al punto y hora de enfocar cualquier proceso histórico de la Hermandad. Pepe -sin apelar al ping pong del toma y daca- zanjaba todo debate estéril en la todopoderosa y democrática soberanía de la Hermandad e, incluso hilando fino, en el dictamen incontestable de las urnas (esa lección tapabocas). Pepe jamás quiso mediatizar nada.

Sembrador de obras cuyo paradigma testimonial se significaba en el silencio cristiano- en esa lámpara maravillosa de la reconversión interior- del hábito nazareno. Pepe, de tez blanca, de semántica en voz tenue, con figura de escritor alemán del medio siglo, supo y sabe oír la flauta griega que nos conecta con el porvenir. Ya lo escribió Valle-Inclán: el futuro inmediato como belleza, “que es la posibilidad que tienen todas las cosas para crear y ser amadas”. Y, por ende, curadas ipso facto. Ánimo y fuerza, Pepe. Rezo, a diario, por ti.

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