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Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez, Semana Santa, desgobierno y teletrabajo

Alfa: Prefacio: confesión al bies: contento personal abierto en canal: no hemos experimentado unas jornadas subsidiarias: Dios de nuevo -lo apostrofó Joaquín Romero Murube- en la ciudad: pese al idioma performativo y desinformativo que inyecta la progresía dirigente en las venas de las pomposas ruedas de prensa televisadas con bellaco bisturí por el peor presidente del desgobierno que ha burlado las Españas. Pancismo y cerrilismo de altas esferas que ni por castigo opta por la corbata negra de luto en atención al número aposta no descifrado de muertes bajo el yugo del coronavirus. Tenemos lo que votamos. Proclama un proverbio chino -de color rubio ceniza- que allí donde el hombre pone su planta se abre infinitos caminos. Otro cantar -y no de Gesta precisamente- será si esa planta devenía venenosa o enteramente carnívora. Algún medio de comunicación debería publicar el dramatis personae de los muertos-uno a uno, nombres y apellidos- como fruta del destiempo de esta pandemia tan anatemizada por el adoctrinamiento de un discurso presidencialista al margen de la realidad. Los españoles echan chispas. España está que bota (con be después de haberlo hecho varias veces -¿fallidamente?- con uve. Elecciones Generales llamaron a este bis incapaz de desbloquear el mando sin plaza -pero con sueldos millonarios- del bipartidismo). España late con la ira en el pecho y la sangre -rojigualda- en la boca. Sánchez ha desenterrado a Franco -¡hete aquí el mayor problema que asolaba al país!- para ahora enterrar toda ilusión de los ciudadanos por un Gobierno que desconoce y que desmerece las claves del verbo gestionar. Donde las dan las toman. A ver si pronto España se revela y se rebela y coloca a don Quintín el Amargao allí donde Cristo dio las tres voces. ¡Eso significaría que hemos sabido crecernos en el castigo!

Beta: Los cofrades a diario nos hemos levantado durante la Semana Santa con el pie derecho. Jamás con el izquierdo. Nadie atisbe entre líneas ideológicas. No suelo aplicar la ley draconiana a los parágrafos. Hablo levantando la veda y la liebre de cualquier espesa cortina de humo demagógico. Desde el confinamiento sin telas de damasco rojo hemos observado el trasluz de la Palabra de Dios y la hojarasca de lo superfluo. He vuelto a leer frases trascedentes como la siguiente: “¡Qué elocuentemente me hablaba mi Cristo sin labios! Su voz era irresistible. Y eso que parecía mudo. Nunca he tenido un Cristo que me hablara tanto”. Lo escribió, años ha, el padre Ramón Cue. ¡Qué libros tan edificantes nos dejó entonces la editorial Castillejo! Mi Semana Santa 2020 también ha sido histórica en el adarve de la meditación. Y en el bienmesabe de la oración. Y en el canto gregoriano de la mirada interior. Y en la vuelta de tuerca de la conversión. ¡Para mí queda -y conmigo alrededor de doscientos hermanos más- la simultánea experiencia sublime de la pasada Madrugada Santa! ¡Que me quiten lo bailado entre la una de la noche de la Luna de Nisán y las siete de la mañana! Yo sé -por largo y racheado- lo que me digo.

Gamma: El teletrabajo no concede -de bureo- ninguna tregua a la intensidad laboral. A menudo requiere inclusive mayores componendas. Jai alai. ¡Ay de aquel que se amodorre y se despatarre y despepite sobre la silla giratoria de nuestro cuarto de trabajo! ¡Que no mengue la autoexigencia! Trabajar desde casa no entraña descentrarse ni descarrilarse de picos pardos por entre conversaciones de poca monta vía WhatsApp. El confinamiento no es amilanamiento. El confinamiento no constituye petit comité ni petite différence. El confinamiento es trabajo en pijama pero velando armas. Sí bwana para las horas de tajo y para las deshoras de destajo. Ramayana del sobresfuerzo propio. Musicalidad del teclado como banda sonora de fondo. RAM de la creatividad en ebullición. Rajput que ora et labora. Al pie del cañón, sensu lato. La no vida -¿la oquedad, la Naturaleza a sus anchas?- tras los cristales (protectores) de la ventana: esa cuadratura de sol y plateresco. En el teletrabajo observas rostros digitalizados de tú a tú -frente a frente- y, a su vez, oyes el timbal bahiano del alfabeto que aporreas como torpón pianista del idioma. El teletrabajo alguna vez nos obsequia con una imagen fuera de guión: la de un niño que entra en pantalla, correteando en la ternura de sus juegos caseros, para demostrar que la vida -la nuestra corriente y moliente- atesora el premio impagable de la inocencia de nuestros hijos.

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