Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez: Viga, Carlos, Mariscal, Delgado…

Alfa: ¡Eureka! ¡Por Tutatis! ¡Al fin, y en parafraseo del verso de León Felipe, “todas las lenguas en un salmo único,/ todas las lenguas en un grito único”! ¡Dispersados ya todos los orfeones de la postergación: de la prórroga sin tribu! ¡Pleno al quince! ¡Ahora ya la justicia cofradiera no está en tanganillas! ¡La Hermandad de la Viga ha cortado el bacalao como Dios manda: por el frontal de la (atemporal) justicia! Con los dedos de una mano pueden contarse los meses que en esta misma tribuna escribí un artículo titulado ‘Cofrade sobre ruedas’.

Y sobre ruedas ha ido -casi en volandas de una divisoria a tiempo- la modesta e incluso intrusa petición, mitad ruego mitad uso de la palabra, que al final de sus parágrafos elevaba un servidor a la señera cofradía con sede en la Santa Iglesia Catedral. ¿Me metí en camisa de once varas? ¿Me colé de rondón, a las bravas, allí donde no tuve voz ni voto? Ignoro si la tuvieron muy en cuenta -la voz, la petición, el ruego- los preclaros cofrades de la Viga o se ha producido un fortuito fenómeno de sincronicidad. O de convergencia color verde Esperanza o azul Candelaria o blanco mercedario o… quizá haya tenido efecto periodístico cuanto Miguel de Unamuno denominó como la “gramática del ladrido”. Sea como fuere, los señores -con todas sus sucesivas letras, ¿verdad que sí, amigo Segovia?- del Lunes Santo han nombrado ‘Cofrade Ejemplar’ a quien siempre así latiese desde el determinismo mariano de su natalicio: Carlos Otero. ¡Bravo! Tutti contenti. Tutti quanti. Incluidas las Dolorosas que ahora esbozan la semicircunferencia de una sonrisa tan cardiácea, tan marfileña, tan memorialística como cada minuto que Carlos ofrendó en la milimétrica colocación de un alfiler, en la ondulación de un encaje, en la modulación susurrante de la palabra… amor.

Beta: Hasta cuando actúa en soledad es dialéctico el pensamiento. En la semilla de esta aseveración de Pedro Laín Entralgo andaba yo cavilando al término de la inconsútil -de una pieza, sin costuras, como la túnica de Cristo- ponencia de ingreso como Académica Correspondiente de la Real de San Dionisio de Ana María Orellana. Boquiabierta la concurrencia. Ana María cuajó una obra discursiva donde análisis y dicción enseguida engarzaron -cuasi retrospectivamente- con una frase que cierta vez leí al precozmente malogrado escritor sevillano José María Izquierdo: “Y todo nuestro ser encuentra la placidez de lo blanco, de lo ordenado, del patinar sobre el mármol”. Tal que así la conferencia de Ana María, ¿cierto, Pilar Chico? Gamma: Antonio Mariscal Trujillo y quien suscribe hablamos del punto sobre la i, de las novelas inspiradas en hechos reales, de los derechos de autor para, en quevedesco engarce, derivar hacia la literatura -de impoluta morfología- de Miguel Delibes. Regamos el olor de la conversación con el oro del vino fino: dorado afán sobre dorado afín. Saco a colación la novela -estremecedora- ‘Señora de rojo sobre fondo gris’. Encoge el corazón, sí, a cada página. “Quise aferrarme a su mitad viva pero el miedo se había instalado en mí, la taza de té me temblaba en la mano y el estómago iba fraguando como si fuese cemento”. Delibes, descarnado, de prosa traqueal, de acento rememorativo, de lágrima de tinta china, como testigo ocular de una puerta sin esperanza.

Delta: Fallece don Luis Delgado, anterior párroco de San Pedro. Don Luis poseía un inmanente timbre de voz. Apostólico y muy romano en la preserva acérrima de sus convicciones. Fue un hombre de postulados. La oratoria como método. Un motete de pelo blanco que no admitía la pusilanimidad. De liturgia era el catón al pie del texto y del contexto. Miguel Puyol nos informaba a discreción del estado -evolución, involución- de su enfermedad. Don Luis, de intelecto gregoriano, no se andaba con chiquitas en la defensa también gallarda de la Iglesia. ¿Cómo será la conversación que ahora mantiene con don Fernando Rueda Cantarero y con don José Rodríguez Jiménez?

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