Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez: el bienteveo de una cruda realidad

Permítanme una pronta asociación de ideas al respecto de dos apuntes que tengo subrayados en mi bloc de notas. Primero: corroboro y coincido de pleno y lleno con cuanto, al abrigo de la actualidad más crujiente, escribió ayer en su columna semanal de este mismo papel prensa el académico y periodista Andrés Luis Cañadas. Si Fernando Lázaro Carreter ponía el dardo en la palabra de sus artículos lingüísticos, Andrés lo pone en la denuncia social de algunos desafueros de juzgado de guardia. La deontología periodística también contempla la señalización de desatinos que ensombrecen nuestro vivir cotidiano. El periodismo asimismo es poner voz -publica y publicada- a los que carecen de ella. Para así expandir el aviso a navegantes, la alerta a bienhadados y la solicitud de mecanismos correctores a quien cupiere.

El periodismo -y a tal fin el articulismo asume su parte alícuota de misión a veces heroica- igualmente comporta un servicio socializador que no todos aciertan a vislumbrar. Andrés sí en su columna de Hércules a la andaluza. No cabe resquicio para el debate: la irresponsabilidad que sin empacho evidencian aposta no pocos ciudadanos de la urbe al respecto del sistemático incumplimiento de las medidas sanitarias entraña una peligrosidad para con el prójimo impropia de personas cívicas. No paramos en barras: nos da igual ocho que ochenta: el concepto solidario suena a venablos en arameo: el alcance -el degüello- del virus no es cosa de ellos, de quienes infringen a la bartola cualquier restricción de tal o cual magnitud. Ande yo caliente y ríase la gente a la que fulmino con mis contagios al libre albedrío. Las risotadas de las mascarillas ausentes, del tabaco humeante al ladillo de la multitud y los besos y abrazos por doquier en efecto son pan de cada día de un silbidito amenazante que en nada coincide con el musicalizado de Pepito Grillo.

Ya lo dijo Eduardo Marquina: "España y yo somos así, señora". De modo que nos resta Covid para largo. El espíritu de Sancho Panza no regresa por sus fueros. La orteguiana rebelión de las masas adopta el color sepia de su indolencia. Juan Pardo jamás incluiría a estos egoístas de la villa en las letrillas de sus canciones de ciudadanos del mundo. Manga ancha, mirada de reojo a la galería, oídos sordos…Enseguida he hilado esta cruda realidad con un acontecimiento que casi de puntillas ha pasado de largo por los soniquetes mediáticos de la ciudad: la celebración del día de San Juan Bautista de la Salle este pasado miércoles. Y, ya digo, la asociación de ideas ha saltado como un resorte. Como una flecha del arco del jefe indio Toro Sentado. O de Gerónimo auspiciado por toda su tribu en Sierra Madre. Como un silogismo a la jerezana. Como una deducción a las claras de huevo. Y es que ser lasaliano implica una manera de ser. Haber estudiado en la Salle imprime carácter. Los educados en la Salle se notan y denotan a leguas…

Aparte manejar una caligrafía a la inglesa cortada, y un sentido del orden y de la magnanimidad fuera de lo común, los lasalianos poseen una nobleza también adquirida en las aulas del santo de Reims. Los lasalianos emparejan el sentido del bien en pro del otro. No de sí mismo. Un desprendimiento fraternal que colige con lo social. Apuesto doble contra sencillo que ninguno de los vivales -infractores de la normativa sanitaria- observados por Andrés Luis Cañadas en la noche del Sábado Santo eran hijos de la enseñanza de los hermanos de la Salle. Me juego el pescuezo. Y si alguno hubiere, no sería sino un desertor de una de las mayores grandezas educativas que le brindó la vida…

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