JEREZ ÍNTIMO | ESPACIO PATROCINADO

Marco A. Velo

Nazareno de cruz de guía

Acaban de devolverte la cédula de sitio. Los hermanos del control de entrada hablan a susurros entre ellos. Observas tu nombre escrito entre las manos de quienes consignan una equis en el listado del cortejo. El mobiliario del despacho del párroco te vigila con fulgor unilateral. La caoba maximaliza su cromatismo ahora que tú llegaste por el camino más corto de entre los posibles a la reválida de la estación penitencial. Andas con pie de plomo hasta la antesacristía. Tu sexto sentido -como una arbitraria supuración del ser- oye el silencio: y un réquiem infunde perduración al Credo. La ancha cristalera muestra la trasera del paso. Un bebé de tuniquita morada duerme el sueño de muñecos saltarines en su carrito blanquiazul que parece remedo del bicolor que ya impera en el atrio de la iglesia. Conmueve el perfil de pureza de la Reina de los Cielos. Y rememoras los versos del poeta: "Al pie de la Cruz, María/ está en dolor constante/ mirando al sol que se pone/ entre arreboles de sangre".

Llevas el capirote en la mano. Capirote de blanco antifaz. Era otra época en esta cofradía que aún no había decidido el cambio de estilo que tantísima unanimidad sustentaría a medio plazo. Por tu antigüedad estarás cerca de la Virgen. Te ubicas en el lugar asignado. La Virgen luce bellísima. Frente a ti, toda la bancada poblada de infantes de capas al vuelo, de nerviosismo de párvulos con el corazón en un puño, de mofletes que asoman en la imposibilidad de anudarse las cintas del cartón. Miras en lontananza. Tu vista alcanza, al otro extremo, el cancel del templo: gigantesca cuadratura que recubre la penumbra de dos faroles con destellos de cristal en el pabilo que arde. Dos faroles ya tutelados por sendos nazarenos de elevada estatura física. Parecen calcados por la condición inmune de esta simetría jamás improvisada.

Dos faroles y, en el centro, inclinada sobre los portalones de la iglesia, alta como un destino incierto, abierta como un veredicto de muerte, hierática como la destemplanza de toda fidelidad, la cruz de guía. Sencilla, pesada, alta, severa. Un nazareno ya la abraza. Un nazareno que siempre mantuvo su rostro cubierto, en anonimato. Discreto, humilde de movimientos, solitario, irreconocible. En la Hermandad siempre fue aludido como 'el de la Cruz de Guía'. Aquel que nunca faltaba a la Estación de Penitencia. Un año y otro. Siempre allí, al pie de la cruz, como su Amantísima Titular la Virgen de Loreto. Jamás contó con el privilegio de formar pareja en ningún tramo. 'Coge tu cruz y sígueme': tal era su honor, su servicio a la cofradía, su conversión interna.

El de la Cruz de Guía siempre fue un nazareno ejemplar, intachable. Nazareno que parece recitar la poética de Lope de Vega: "En esta tabla de tu Cruz divina/ saldré de la tormenta del mar fiero/ con el aliento postrero/ a donde el Norte de su luz me inclina". Respondía al nombre de Francisco García Gómez. Había nacido en 1932 y cuando la Hermandad de Loreto salió por primera vez a las calles (1954), nuestro protagonista estaba realizando el servicio militar en la Parra. Aquel año se ofreció de suyo a llevar la Cruz de Guía de la Hermandad. Se hizo hermano previamente. Tras licenciarse ya jamás abandonó su compromiso de portar la Cruz de Guía cada Viernes Santo. Y así lo hizo hasta que por edad las fuerzas se lo impidieron. Era camionero de profesión, siempre andaba de viaje e incluso alguna vez llegó a San Pedro directamente desde su vehículo. Hace unos días, casi nonagenario, ha sacado papeleta de sitio definitiva para esta vez mirar cara a cara a la Virgen de sus amores. ¿Acaso el cielo no está también reservado para los héroes anónimos de la Semana Santa?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios