Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

En Jerez hay una radio encendida

Los teletipos de la actualidad a veces nos pasman con una noticia halagüeña. Tomen buena nota los derrotistas por naturaleza y los pesimistas en agraz. Esta pasada semana nos hemos desayunado con un titular periodístico cuya iniciativa no ha asestado lanzadas a toros muertos. Leemos textualmente: "260 radios para paliar la soledad de las personas mayores". Una loabilísima iniciativa solidaria de la Policía Nacional de Jerez y diversas empresas patrocinadoras. La idea es para partirse la camisa de los encomios. El aparato de radio, vulgo transistor, ha constituido durante décadas el vademécum, el punto de fuga, la oxigenación de millones de venerables ¿ancianos? que habitan -y habitaron en el Finisterre de sus últimos días de existencia- solos y en compañía de nadie.

Esta buena nueva -260 transistores- también apostrofa otra certeza: por más que la Era Digital imponga su ley de pantalla plana, Jerez proseguirá otorgando primacía al poder balsámico de las ondas electromagnéticas. Jerez y la radio de antiguo caminaron al unísono. Como un cadete y una benjamina pelando la pava -acaramelados- al albur de aquella margarita cuyos pétalos marcan al azar el destino. Ya lo certificó Vicente Aleixandre: "Se querían, sabedlo".

Yo me retrotraigo ahora a la moviola en blanco y negro del patrimonio inmaterial de la ciudad. Y enciendo escenografías que a su vez son breverías con tintes costumbristas. Y hay una radio Zenith 9S30 encendida en la planta alta de la finca 'El Cerro', cuando partes de guerra anunciaban maquinales sombras de muertos a la diestra y siniestra de la zanja de la España fratricida. Y hay una radio en las salitas de la Transición mientras las madrazas de los años 70 no sólo leían la revista 'Labores del Hogar' -especial macramé, colcha flor de volantes, tapicería a telar- sino que también escuchaban, a las cuatro de la tarde, el relato radiofónico -dícese: radionovela- 'Lucecita'. La sobremesa entonces era toda de Gustavo, Angelina, Sergio, Graciela…

Hay un transistor negro, espigado -hierático como un nazareno de túnica de rúan- encima de la nevera apenas un mes después del 23-F: la noche aletea quebrando albores de primavera cuando ya la sintonía del programa nos enmudece a los niños allí congregados: la voz torrencial de Manolo Centeno hace filigranas con el supremo prodigio de su 'Saeta: revista hablada de la Semana Santa de Sevilla': "Silencio, pueblo cristiano…". Hay una radio de cretona con copla de Quintero, León y Quiroga, finales de los años cuarenta, en el almacén de Manolo Bejarano, calle Arcos esquina con calle Fontana. El olor a tocino de jamón ibérico es un sucesivo etcétera de jotas con sabor a nostalgia.

Hay una radio que, principios de los ochenta, se hace en directo desde la Casa de Hermandad de Loreto con Antonio Rodríguez Liaño, Juan Pedro Cosano, Bernardo Linares de la Bárcena, Eduardo Rinconada, José Ramón Fernández Lira, José Luis Ferrer, Antonio Berro, Miguel Puyol y Paco Larraondo como protagonistas. Hay una radio en los salones de los cofrades jerezanos cuando en las postrimerías de la década prodigiosa Francisco Fernández García-Figueras pronuncia el Pregón de pregones -de la mano de uno de los padres y máximos valedores de la Semana Santa de Jerez: Manuel Martínez Arce-.

Hay una radio pegada en la oreja derecha de Manuel Álvarez Adame, mediados de los cincuenta, caminando hacia la Viña T en pos de una nueva hazaña futbolística del Real Madrid. Hay una radio con voz de Manolo Yélamo en la barriada Icovesa. Y una radio con voz de Manolo Doña en la barriada España. Y un transistor con voz de Pepe Marín a compás del 'Flamenco a la una'. Desde estudios centrales, ¡adelante, compañeros! ¡Ninguna persona mayor se sienta jamás desamparada! Porque este Jerez radiofónico sigue acompañando sin titubeos a todas cuantas peinan canas en la juanramoniana "soledad sonora" de la edad tercera.

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