Muy interesante la última polémica en el Reino Unido, sobre todo por los términos en los que se ha planteado. En apretado resumen, el primer ministro Johnson pretende hacer un "donde dije 'digo', digo 'Diego'" de manual con el acuerdo que firmó de salida de la UE. Piensa hacer de su capa un sayo, y vámonos que nos vamos.

Lo más interesante es que la crítica política, dentro incluso de su propio partido, y en todo el país, hasta en una carta conjunta de John Major y de Tony Blair en The Times, se basa en un concepto más importante que la estricta legalidad: la honorabilidad del cumplimiento de la palabra dada. Nadie duda de que hasta la postura más retorcida puede defenderse con argumentos jurídicos, pero ellos hablan del prestigio de Inglaterra como un país que había hecho de la respetabilidad una especie de norma de rango constitucional del carácter nacional en la vida privada, en los negocios y en la política.

El caso de honor es más candente, si cabe, porque Theresa May fue finalmente defenestrada por no querer firmar justo lo que ahora Johnson, que lo firmó muy campanudo, pretende pasarse por el forro. A la tomadura de pelo de Johnson a sus socios europeos, se suma esta innoble cuchufleta a su anterior jefa de gobierno, a la que hizo la cama, como vulgarmente se dice.

Además de la cuestión de las formas y de la cuestión del principio de legalidad de los tratados internacionales, hay una dimensión más política. La de los límites de la soberanía. En esta columna somos muy partidarios de la soberanía nacional, pero para que cada país pueda asumir responsablemente sus compromisos, no para que los compromisos con terceros países puedan importarnos lo mismo que el pito de un sereno.

Estamos, si se piensa, ante el dilema de la correcta concepción de la libertad. Igual que se aplica a unos Estados y a sus relaciones internacionales, podría aplicarse a los individuos. ¿Somos libres y soberanos cuando podemos desentendernos a voluntad de los compromisos que asumimos voluntaria, libre y soberanamente? ¿O la libertad implica, en realidad, no ser libres de incumplir nuestra palabra, nuestros votos o nuestros acuerdos previos? Era cuestión de tiempo (de poco tiempo) que una actitud que la sociedad en su conjunto no tiene nada clara terminase por contagiarse a la política nacional e internacional. Con resultados que serán, sin duda, cada vez más polémicos y problemáticos.

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