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La marcha

Cuando el ejecutivo marcha sobre el judicial es que los jueces se hallan en una intolerable situación de desamparo

El trayecto que va desde la Plaza de Sant Jaume a la puerta de la Audiencia (vítores y aclamaciones, banderas que abrigan la mañana), es el mismo que va desde la democracia parlamentaria a ese conglomerado sentimental que pudiéramos llamar populismo, y que cae fuera del ámbito de la separación de poderes. Don Artur Mas tardó algo más de una hora en completar el circuito el lunes pasado; pero lo cierto es que el catalanismo lleva cuarenta años haciendo ese camino, sin que hasta el momento nadie haya querido advertir el sesgo unánime, pueril, totalitario, que dicha marcha implica. Cuando el poder ejecutivo marcha sobre el judicial, como ocurrió la otra mañana, es que los jueces se hallan en una intolerable situación de desamparo. Pero cuando un gobierno quiere juzgar y legislar, como en el caso de Mas/Puigdemont, es que las libertades se hallan en un proceso, digamos, delicado.

Este es el problema, acaso el más grave, de cuantos afrontamos en los últimos años. Me refiero a la deshonesta intromisión del nacionalismo en la vida de sus administrados. Hace tres días, un pudoroso Trump exigía a sus empleadas que vistieran "como mujeres", sin que haya quedado muy claro a qué se refería con esto: si a que vistan como Tina Turner, como Theresa May o como Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco. Al parecer, Trump sí sabe cómo visten las mujeres. De igual forma, el señor Mas conoce cómo son los verdaderos catalanes, y en consecuencia, todo el asunto de la gobernabilidad y las leyes no tiene que dejarlo al albur de unos jueces desafectos. Un catalán de verdad sabe que don Artur no haría nada contra sus intereses catalanes, por los mismos motivos que una mujer de verdad (léase una mujer decente), sabe cómo hay que vestir para trabajar en el despacho de mister Donald. No en vano, ambos coinciden en la culpa, si la hubiere, es de los jueces. De ahí que don Santiago Vidal, ahora defenestrado, insistiera en purgar un poco la judicatura para cuando llegue la aurora catalanista.

No sabemos, por otra parte, en qué consistirá esta aurora, al margen de una recaída en la poética de coros y danzas. Sí sabemos, en cualquier caso, el precio de esta simplificación. La naturaleza pintoresca y ridícula del nacionalismo no puede ocultarnos su carácter coercitivo, que los señores Mas y Puigdemont no se han tomado la molestia de dulcificar. Un Gobierno que marcha contra sus jueces es un Gobierno que busca el apremio, la docilidad, un concepto decorativo y servil de la Justicia.

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