Hablando en el desierto

FRANCISCO / BEJARANO

Lágrimas en la lluvia

LA muerte de un amigo no es solo la despedida final, sino la disolución de un Yo con el que contábamos en momentos de dolor o de duda. La de Fernando Ortiz me quita una vida personal a quien consultar, sin que pueda ser sustituida por los libros, ni siquiera por sus libros, ni por los eficaces medios actuales de obtener información impersonal. La propia experiencia es única e irrepetible y lo que dejamos de ella un pálido reflejo de lo que hemos visto y vivido, de lo que hemos averiguado con ayuda de otros de unos misterios que la muerte deja sin resolver. No sabemos por qué extraña vía la muerte de un allegado reaviva los instantes vividos juntos. Parecían olvidados algunos y hasta los que nunca venían a la mente aparecen nítidos con el sentimiento de pérdida.

Fernando Ortiz había hecho una labor notable al reclamar atención sobre escritores víctimas de un mal todavía con secuelas: los escritores buenos eran de izquierdas y los malos, de derechas. Había, y aún quedarán, otros errores literarios comunes: el buen escritor moderno era descuidado y se dejaba llevar antes por los sentimientos que por el buen uso del idioma; en cambio, ser cuidadosos en la escritura y darse a entender con belleza y orden, es decir, con verdad, era conservador. Ahora es más fácil luchar contra este tipo de simplezas, pero no en el decenio de los 70. Llevó a sus libros y artículos, a conferencias y congresos, a revistas y colecciones literarias y, sobre todo, a sus conversaciones particulares la idea, de sentido común, de que lo importante en literatura son los resultados y no las intenciones, que no hay milagros sino talento. Nos ayudó a prescindir de lecturas que no conducían a nada.

Mi deuda con Fernando Ortiz no solo es por lo anterior, labor que habían empezado otros cuando fui muy joven y ya no me hacia falta convencimiento, sino por los escritores admirados, luego amigos, que conocí por su mediación: Juan Gil-Albert y Vicente Núñez, Brines y García Baena, el "impresor del paraíso" Bernabé Fernández-Canivell; pero también Aquilino Duque, lejos entonces y tan cercano hoy. Hubo entre nosotros el entendimiento de las mentes que hablan un mismo idioma. Maduró muy joven y en su vida hubo cierto tormento, combatido con la tristeza de la ironía. Nos dejó enseñanzas que transmitimos a otros, pero la muerte se lleva los conocimientos mejores, los que no se pueden enseñar y "que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia."

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