Dentro de las muchas palabras que han venido de la mano de la pandemia, algunas tan absurdas como desescalada y otras tan actuales como teletrabajo, se oye a veces el término resiliencia. Ni siquiera el corrector me lo reconoce y me avisa mediante una raya roja que la subraya, que debo cambiarla por otra, aunque según acepta la Real Academia Española desde 2012, se trata de la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límites y sobreponerse a ellas. Término derivado del latín, la nueva acepción del diccionario recoge que es la adaptación de un ser vivo ante un agente perturbador o un estado o situación adversos.

Más claro que el agua. Lo que no mata engorda, que diría un castizo. El término, como digo, viene del latín y grandes defensores de la resiliencia fueron los estoicos con Séneca y el emperador Marco Aurelio a la cabeza. Autores medievales como Thomas de Kempis, defendieron a su manera la capacidad de crecer espiritualmente a través de la aceptación del sufrimiento. Nada que ver con las tendencias actuales y la filosofía del consumo que proclaman el hedonismo como religión y el éxito, el económico, claro, como el fin que el hombre debe perseguir para sentirse un triunfador. Solo algún poeta, siempre los poetas, como Juan Lamillar, ponen un poco de cordura y tratan de poner el equilibrio necesario en obras como el poemario titulado Las lecciones del tiempo.

¿Aprenderemos de esta situación tan rara que nos ha tocado vivir? ¿Saldremos fortalecidos como sociedad y como personas tras ser testigos de esta terrible pandemia? Me gustaría equivocarme, pero pienso que no. Basta ver que disminuyen los casos de infectados para ver que son muchos los que se olvidan de que hay que seguir siendo cautos y mantener las medidas de prevención, por no decir extremarlas, ante la posibilidad de acudir de nuevo a lugares públicos y reunirse en grupo. Si fuéramos un poco sensatos tomaríamos conciencia de que no se necesita tanto para vivir, que al final el hombre alberga un animal pocas veces racional que en demasiadas ocasiones se deja dominar por los instintos primarios. Y estos se satisfacen con poco. El resto son intereses creados, montajes estudiados que nos acosan y no nos permiten pensar. Claro que lo de pensar es un bien escaso, una rémora de la que muchos huyen para no verse arrastrados por la corriente por la que fluye el mundo actual.

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