En un seminario universitario de otro tema acabamos preguntándonos qué es la libertad. Es un final glorioso para cualquier reunión filosocrática que se precie. Más en estos tiempos en que libertad nos rige con vara de hierro y lo justifica todo, pero aun así no se sabe ni qué es.

Mi ética es bastante ática y para mí, como buen griego, el hombre libre es el dueño de esclavos, concretamente, el de uno. El dominio de sí es la única manera de que tu yo señorial y razonable se sacuda el yugo caprichoso del brutote que también somos. La gran aportación judeocristiana consiste en darle más hilo a la cometa y usar ese señorío propio para rendir vasallaje a un señor más alto. Ejemplo supremo es la Inmaculada diciendo, en la apoteosis de su libertad: «He aquí la esclava del Señor».

Lo de la Virgen no lo conté a mis alumnos de FP, a los que sí trasladé la pregunta sobre la libertad. Como se me quedaron atónitos, tiré de mayéutica. "Imaginad que estáis en la cama jugando con el móvil y recordáis vagamente que tendríais que estudiar, ¿quién sería más libre: el que se quedase jugando o el que se levantase de un salto?" La división de opiniones fue absoluta. Para algunos la libertad era hacer su real gana. «Lo que os pide el cuerpo», subrayé yo, y afirmaron: "Eso, eso, claro". Para otros la libertad sería hacer lo que toca. «¿Lo que os pide la conciencia?», sugerí, aunque prefirieron el argumento utilitarista: hacer la tarea pronto para volverse a tumbar a jugar más tranquilos.

Afinar el concepto de libertad es necesario, según se ve, para sacarse un ciclo de FP; y para más cosas. Todos podemos estar de acuerdo en que la dignidad del ser humano le impide (como señor que es por naturaleza) obedecer normas que no se haya dictado él o que no gocen, al menos, de su refrendo personal. Unos alumnos habían interiorizado la tarea y otros, no; ésa era la diferencia. Para obedecer libremente hay que ver las normas racionales y asumidas. Cuando un Estado nos obliga a cumplir cosas ilógicas, confiscatorias, abusivas, injustas, odiosas o innecesarias, aunque las hayan aprobado holgadas mayorías parlamentarias, cercena nuestra libertad verdadera. Y viceversa: qué libre se es obedeciendo a quien se ama. Lo supo la Inmaculada, pero también (para que nadie diga) Rafael Alberti: "Mi libertad es estar preso,/ ceñido a ti, gustosamente./ Mi barco zarpa nuevamente/ para ir más lejos, de regreso».

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