HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Libertad para el mal

Hacer el bien no tendría mérito si no tuviéramos libertad para hacer el mal. Esto diferencia, entre otras muchas cosas, a la moral religiosa de la ética civil, aunque no sean substancialmente distintas en sus orígenes. La aberración política empieza cuando se nos obliga por la fuerza de las leyes humanas a hacer el bien. Si la insistencia en los mensajes religiosos no ha conseguido erradicar ni una sola maldad, ni siquiera una sola pasión común, no lo van a conseguir las leyes civiles. Dentro de poco, si Dios y el sentido común no lo remedian, se habrá culminado una de las etapas de la persecución política de los fumadores, una de las empresas más hipócritas de estos tiempos de bondades impostadas: las tabacaleras seguirán fabricando labores y los estancos no cerrarán, la costumbre social de fumar no desaparecerá; pero no fumar se convertirá en una falsa virtud cívica, los fumadores con cargos públicos fumarán en privado y votarán en contra de otros fumadores menos hipócritas que ellos. ¡Ah tiempos pasados, cuando Hollywood enseñó a fumar, los profesores transmitían el saber fumando y había ceniceros en los escaños del Congreso y en las salas de espera de los hospitales!

Todo el mundo sabe que el tabaco hace daño lentamente y no por igual en todos los fumadores. Como el vino, aunque más moderno, es parte de nuestra cultura, de los ritos sociales y de los de iniciación a la adolescencia. Bien está que haya desaparecido la publicidad del tabaco y que las autoridades recomienden no fumar, pero dejando a la libertad de cada uno condenarse o salvarse. El derecho a la autodestrucción no está reconocido, pero lo es en la conciencia y en la tradición de las sociedades que se ajustan a la naturaleza del hombre. La cada día más cercana prohibición del tabaco en nombre de la salud tendrá el efecto contrario, sobre todo en los más jóvenes, porque, aparte de encarecerlo, le añadirá el atractivo de la clandestinidad y de la complicidad en determinados grupos, como ocurre ahora con ciertas drogas prohibidas o con las toleradas borracheras gratuitas de fin de semana. Los jóvenes ven los inconvenientes de la vida muy lejanos y como algo que les pasa a los demás. Se sienten eternos en salud y juventud y la mala educación les ha acrecentado estas convicciones.

El tabaco no hace más daño que la fealdad y la mala educación, los libros malos y el llamado arte rompedor, los espectáculos de mal gusto o la política alocada, incompetente y, por ello, injusta. ¿A qué ahora ser virtuosos civiles si ya lo éramos? ¿Para qué crear pecados laicistas si no tenemos conciencia de culpa? La libertad de fumar o no se ejercía con naturalidad y no era motivo de discusión hasta hace poco. Las sociedades degradadas, superficiales y en decadencia cultural, suelen inventarse nuevos vicios y virtudes para aparentar que todavía nos regimos por una moral de altos valores.

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