ESTA pasada semana me topé con unas declaraciones que me parecieron muy elocuentes. En concreto, las de un mecánico de la escudería británica de McLaren, Marc Priestley, quien vivió desde dentro el fracaso del poderoso equipo de Ron Dennis de 2007, cuando lo tenía todo a su favor, es decir, los dos mejores coches de la parrilla y los dos mejores pilotos del momento, Fernando Alonso y la joven promesa inglesa Lewis Hamilton. Contra pronóstico, el piloto finlandés, Kimi Raikkonen, apodado 'Ice Man' (Hombre de hielo) a los mandos de un Ferrari ganó el mundial por tan solo un punto de ventaja (110) frente a Hamilton (109) y Alonso (109).

Casi quince años después, Priestley, uno de los mecánicos que estuvo en el equipo de Ron Dennis, ha realizado estas más que interesantes declaraciones, en las que explica las razones del fracaso: "Fue un muy mal trabajo de gestión humano tanto en lo que respecta a los pilotos como a los equipos de personas alrededor de esos pilotos, que naturalmente, por supuesto, tiraban hacia su piloto y esencialmente provocaron esta gran división entre el centro del equipo. Diría que esa fue la razón por la que no logramos ganar el Mundial en 2007, una temporada en la que teníamos el coche, los pilotos y todas las personas adecuadas en el equipo. Tuvimos todas las oportunidades para ganar ese Mundial y, sin embargo, no lo hicimos porque, como equipo, no estábamos yendo a toda máquina, tirando en la misma dirección. Tuvimos esta división gigante y abierta por la mitad de nuestro equipo".

En el deporte colectivo siempre será así, pero en cualquier ámbito de la vida en la que se requiera una acción en grupo también será de igual forma. No se trata de la cantidad individual de talento que tengas. Claro que es necesario el talento de cada componente o integrante de un equipo, pero la clave está en que cada componente del grupo sea capaz de poner todo su talento para beneficio del grupo, por encima de sus intereses personales.

Cuando eso no ocurre, normalmente debido a una lucha interna de egos, nos encontramos con equipos que fracasan, aparentemente sin explicación, porque estaban diseñados para salir campeones. Ocurrió aquel año en McLaren y ocurre muy a menudo. Te fijas en la NBA y la tendencia de la última década de juntar estrellas en un mismo equipo que suele terminar fracasando. En el fútbol lo llevamos viendo en los últimos años con el equipo estado del PSG. El conjunto parisino lleva montando en las últimas temporadas un equipo basado en una colección de jugadores escogidos a base de insuflar e insuflar dinero, pero se olvidó de que los títulos los gana un equipo, nunca once grandes jugadores en el campo haciendo cada cual la guerra por su cuenta. Si analizabas la plantilla del Real Madrid a principio de temporada, decías este es un año de transición. Florentino quiere terminar el estadio y ya el próximo año fichará. Sin embargo, Ancelotti ha conseguido sacar un rendimiento muy por encima de lo que la plantilla uno a uno podía dar. Porque cuando un jugador o una persona pone su talento, su rendimiento, su esfuerzo al servicio del colectivo, no se produce una simple suma de rendimientos, sino algo mucho más grande, se produce un crecimiento exponencial del talento, del esfuerzo y del rendimiento. Pero a ciertos niveles, cuesta una barbaridad dejar el ego en la mesilla de noche.

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