Jesús / Rodríguez

Llegan las codornices

A cepa revuelta

ESTA mañana muy temprano he estado paseando por "San Rafael", la viña en que pasó su infancia Myriam, mi mujer. Su padre llenó el cerro sobre el que se levanta el caserío de casuarinas, cuyas ramas guardan el prodigio de hacerse arcos de viola contra el tronco, transformando el soplo del viento en una melodía misteriosa, perfecta como música de fondo para cuentos de hadas.

Bandadas de palomas comenzaban ya a lanzarse a la aventura de los campos; se arrullaban en los eucaliptos las tórtolas atormentadas; las golondrinas abandonaban, alborotándolo todo, sus nidos de arcilla tierna y carnosa y los insectos músicos empezaban a ensayar su canción de aserradero. Todo era un tierno verdor movido mansamente por el viento y, de entre las cepas, se escapaba un olor de intimidad y de fruto haciéndose.

Levanté la cabeza. El sonido de la viña se unía al de otras viñas, haciendo del campo entero un corro de comadres. En todos los pagos se adivinaba una misma promesa de abundancia.

Los pagos de las viñas no son en nuestra tierra sinónimos de hazas. Un haza es la porción de tierra que una familia puede labrar o un hombre recorrer varias veces al día. Hay quien las llama también suertes, porque cuando los cortijos eran tierras realengas, las hazas se sorteaban entre las familias. Varias hazas agrupadas hacen un cortijo.

Los pagos son lo contrario de las hazas : son necesarios varios cortijos, casi siempre, para formar un pago.

No hay onomástico de tierras como el de los pagos del jerez. En otros sitios habrá nombres más famosos, más propicios para ser pronunciados en todas las lenguas, pero en Jerez ganó el gusto de llamar a los pagos con nombres de cosas familiares, íntimas, domésticas. En sus tierras están escritos los nombres de nuestros apellidos y títulos antiguos : Rui-Díaz, Orbaneja, Montana; de nuestras viejas defensas : Macharnudo; de nuestras "Marías" : Marihernández, Mariáñez, Maricuerda; o del pasado moro, como Anaferas, que evoca el lugar donde se cocían anafes u hornillos o esta misma en la que me encuentro, Almocadén, que significa en árabe "guardería del campo".

Nuestros campesinos dicen esos nombres despaciosamente, como si al pronunciarlos se rozaran con aquellos que los inventaron, y se percibe su emoción al repetir la misma palabra que dijeron sus padres, sus abuelos, sus tatarabuelos y todos los de su sangre. Pronunciar Añina o Raboatún o Parpalana o Montegil es rescatar del tiempo las voces profundas de aquellos jerezanos que plantaron, podaron, injertaron y vendimiaron, bajo otras lunas y otros vientos.

Es verdad que si nuestros pagos se llamaran con nombres más gloriosos y celebrados tendrían fama y todo el mundo conocería sus razones, pero también es cierto que entonces se convertirían en un bien de todos, es decir, ajeno.

Al dar un paso, se levantó una codorniz en dirección al azarbe que separa la viña de los trigos. Llevaba una cantiga feliz pegada al pico, aunque su perfil afilado y su vuelo corto y lento, como el de un cuervo viejo, daban evidencia de que aún no se había repuesto de su viaje desde los oasis saharianos.

Así es. Apenas huelen la primavera, las codornices se aprestan para la partida. En Marruecos, el frío remolonea para que no se le escapen a la mañana las flores pardas de su diadema, esas que cada día la despiertan con el plá-plá de su cloqueo. Pero la naturaleza es empedernida: un día soplará poniente y el averío sabrá que ha llegado su hora. Una volada sola, larga y bien templada, y Tarifa sentirá sobre su frente miles de besos de pluma y polvo.

La codorniz atraviesa la transparencia del océano sin manchar el día, para hacerse habitante de los rastrojos. Poco a poco, a fuerza de granos y de insectos, se irá convirtiendo en una mínima fábrica de grasa perfumada.

Si no fuera por su instinto viajero las codornices se convertirían en pellas de manteca blanda.

Leyendas orientales cuentan que la querencia migratoria de las codornices es un castigo que les impuso Salomón por su promiscuidad: el macho requiere a todas las hembras y la hembra coquetea con todos los machos. En mayo, dos codornices son dos amantes dichosos y una sola gota de instinto sobre la hierba

Pero en esa condena a la peregrinación perpetua, está también su gloria.

Cuenta el Éxodo que, murmurando los israelitas en su camino a la Tierra Prometida porque se les hubiera sacado de la abundancia de Egipto para condenarlos a un viaje de penurias, subieron del mar codornices que cubrieron el Real y descendió del cielo, como rocío, el maná santo.

Ellas salvaron, por tanto, al Pueblo Elegido y son más amadas de Dios que cualquier otro pájaro.

Que lo tengan en cuenta los cazadores y no arriesguen su alma sólo por un lance del que envanecerse.

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