la tribuna

Emilio A. Díaz Berenguer

Machismo militante

EL machismo sólo se acabará desde la educación en la escuela. Una asignatura obligatoria como Educación para la Ciudadanía era, y es, imprescindible para lograr el objetivo. Las leyes podrán conseguir que el machismo formal no sea moneda de curso legal, pero nunca lograrán su desaparición real. Es más, aquellos que hemos sido educados, tanto en las escuelas como en el ámbito familiar, como nativos machistas sólo podremos ser emigrantes por la igualdad, pero nunca la asumiremos como lo normal.

No somos pocos los que creemos haber superado el machismo, y que hacemos ejercicio diario ostentándolo en nuestra vida cotidiana, pero, tarde o temprano, el fondo de armario de nuestra educación acaba traicionándonos. Estamos lejos de los talibanes del machismo, pero nuestra mochila sigue repleta de tics que no nos abandonan.

La única vía para dar tiempo a la incorporación al poder en la sociedad de aquellos que han sido educados en la igualdad es la discriminación positiva. Sólo de esta manera podrá neutralizarse un gen tan arraigado y que las religiones incorporan como parte de la esencia de su fundamentalismo machista. La dualidad entre lo bueno y lo malo, que marca sus doctrinas, asocia al hombre lo primero y a la mujer entre la tentación y lo negativo para el hombre.

Incluso en las relaciones afectivas entre personas del mismo sexo pesan estos roles sociales con demasiada frecuencia. Podría esperarse que en estos casos se superaría el tema en cuestión, pero la realidad es que no se ha avanzado tanto como sería deseable.

Un peligro acecha constantemente al camino emprendido hacia la igualdad real entre hombres y mujeres: la política conservadora de las esencias de la sociedad machista. La que sigue adjudicando roles que fomentan en la mentalidad de los ciudadanos la dependencia de una mujer condicionada a un hombre que se defiende promoviendo normas legales en las que ellas incluso pierden la capacidad de disponer de su propio cuerpo.

Transcurridos algunos años desde que los movimientos feministas se pusieron en marcha, con gran éxito por los objetivos alcanzados a corto y medio plazos, tengo la sensación de que están pasando una travesía del desierto que no les está permitiendo su aggiornamento. Atravesamos un momento delicado que podría ralentizar el proceso hacia la igualdad real.

La militancia feminista de los ochenta fue absorbida, en gran medida, por los partidos políticos de la izquierda parlamentaria española. Los grupos de poder de dichos partidos han asumido que se llevaran a cabo avances sustanciales, tales como las candidaturas cremallera, pero, en ocasiones, los puestos que correspondían a las mujeres se han adjudicado a personas dúctiles y no militantes de la causa feminista.

Actualmente, aparte de las manifestaciones del 8 de marzo, de algunas declaraciones de políticas y de escasas colaboraciones en medios de comunicación generalistas, poco más para sensibilizar a la ciudadanía sobre la igualdad. Sin embargo, los esteparios están al acecho y aprovecharán cualquier grieta o laguna para dar sus hachazos a las leyes y, con la alianza de las jerarquías eclesiásticas, amenazar con el fuego eterno a las mujeres y fomentar que los hombres recuperen el poder falocrático. Parece mentira que a estas alturas de la historia, religiones como la católica discriminen a la mujer entre los miembros orgánicos, o que las otras religiones monoteistas con raíces semíticas, musulmanes y judíos, amén de otras confesiones cristianas, mantengan el machismo como parte de su vida cotidiana.

El miedo a la libertad del hombre constituye una de las barreras que hay que abatir para que la igualdad se convierta en una realidad. Educación en las aulas y cultura no confesional serían retos que el movimiento feminista debería fijarse para los próximos años, además de plantarse y hacer público ante los políticos y la sociedad que un paso atrás en el camino hacia la igualdad, no lo tolerarían ni para coger impulso.

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