Cuando leía la leyenda de Bécquer 'Maese Pérez el organista', que me indicó mi madre junto a 'La promesa', era yo adolescente, y un escalofrío me recorrió el cuerpo, cosa que aún me pasa al volverlas a leer, o ante un misterio inesperado. La leyenda de 'Maese Pérez' se desarrolla en Sevilla, en el convento de Santa Inés. Esta lectura me remontaba a mis catorce años y mi paso por la Iglesia de Santa Ana en la barriada 'La Plata'. Se me agolpan aquellos años deambulando con otros amigos por el interior de la iglesia, entonces regentada por el párroco ecónomo, Don Anselmo. Cuando se celebraba una misa de difuntos se colocaba el catafalco, cuatro hachones, un crucifijo, el toque de campana con un sonido espaciado de un golpe tras otro. El Sochantre era un hombre mayor, misterioso, de muchas arrugas, de voz muy grave y canto lúgubre. Cantaba con una mano tapando la oreja izquierda. Si mal no recuerdo cantaba 'Dies irae, dies illa', que todavía me sobrecoge al escucharla. Existían funerales de tres categorías y uno de pobres. En los de primera a los monaguillos los vestían con dalmáticas y el oficiante capa pluvial. Al comienzo a los jovencitos, por la noche nos daba miedo ir a cerrar la puerta de entrada. Había que atravesar toda la iglesia a oscuras, en 'tinieblas'. Hay un dicho que dice: "Al principio los monaguillos tenían miedo a los santos, después, los santos le tenían miedo a los monaguillos" Uno de ellos, muy valiente, les ponía las manos, movibles, cambiadas, para risas del resto. La prueba de hombría se realizaba en el campanario, en ocasión del repique de campana, que consistía en enmudecer la campana a base de darle velocidad volteando a mano, y que el badajo, centrífugo, no tocara el borde. Peligroso. Quien lo conseguía era admirado.

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