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Los Magos errantes

En los Magos del Oriente cada siglo ha querido resumir una idea de la dicha y el misterio

En realidad, no se sabe sus nombres, ni su número, ni de qué Oriente vinieron a Judea, guiados por una estrella errante, que iluminó sus pasos en el desierto y tachonó la bóveda celeste con su fuego urgente y solitario. Mateo sólo menciona su condición de magos y la naturaleza ritual de sus dones: oro, incienso y mirra. También la sospecha de que Herodes quisiera desprenderse de aquél insólito competidor, nacido en Belén, hijo del crepúsculo y el frío. En el siglo XII, Barbarroja hará entrega de sus huesos a la ciudad de Colonia, donde reposan desde entonces. Sin embargo, Marco Polo vería sus tumbas un siglo más tarde, en un arenal de Persia, cada una con su cúpula, y en número de tres, camino a sus encuentros con el Gran Kan.

¿Quiénes eran estos portadores de una sabiduría antigua, que adivinaron en el surco de los astros la llegada de un dios, el advenimiento de lo insólito, a la aridez del mundo? Nadie en su sano juicio pretenderá saberlo. Sí podemos decir, no obstante, que en los Magos del Oriente cada siglo ha querido resumir una idea de la dicha y el misterio. En La Adoración de El Bosco, los Magos son una breve anomalía, entre el amarillo del heno, donde Lucifer figura como un príncipe oriental, coronado por un turbante. En Memling, los Magos son el cortejo exótico y solemne que anuncia una nueva era. En Bouts, sin embargo, la Adoración tiene algo ya de la cautela con que se visitan los buenos burgueses de la Hansa. ¿Y en Maíno? En Maíno, los Magos son unos Magos teatrales y vertiginosos, que parecen caer sobre la Virgen y el Niño en alegre desorden. Acaso sea en Rubens (no sólo el gran pintor, sino el irreprochable caballero, el diplomático al servicio de España, como nos recuerda don Gregorio Cruzada Villaamil); acaso sea en la Adoración de Rubens, digo, donde uno encuentre una idea más completa de los Magos, de su significación, de su simbología de lo espléndido y lo misterioso. Ahí, es la luz que parte del Niño la que ilumina a los circunstantes; y es el misterio de la Creación el que se oficia, con un fondo de palmeras, al amparo del ocaso.

Cuando caiga la noche, quizá se desaten poderosas fuerzas dormidas sobre el siglo. Porque la grandeza de los Magos reside ahí: subidos sobre sus camellos, y dóciles a un meteoro errante, aquellos sabios de la Antigüedad habían cruzado el mundo a oscuras para postrarse ante el amor humano, para rendir su tributo a la inocencia.

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