Nos iría mejor si cada palo aguantase su vela. Esto es, si, en vez de protestar de lo mal educados que son los niños, lo hiciésemos, tras un breve y sencillo examen de conciencia, de lo mal educadores que somos los mayores. Y viceversa, naturalmente: también nos iría mejor si los preadolescentes, adolescentes y postadolescentes dejasen de protestar sarcásticamente de sus padres y de hacer morisquetas a sus espaldas y sopesasen lo difícil que lo ponen, realmente.

Yo me vi ayer un gesto de pésimo educador. No es el único y, de hecho, me extraña mucho lo bien educados que están mis hijos al menos en relación a mi trabajo de campo. Diría que, como a San Isidro Labrador, patrón de padres de familia, baja un ángel por las noches y me quita las malas hierbas de la parcela. Por ejemplo, yo escribo este artículo mientras ellos están haciendo la tarea de verano. El caso es que yo me despisto y entro en twitter cada dos por tres a ver si la gente echa cuenta a mi artículo de ayer y ellos, contra las leyes de la genética, están muy concentrados en sus cuentas y en sus frases.

El gesto más feo como educador me lo vi el otro día. Les tengo prohibido que entren en mi ordenador a jugar, aunque entiendo bien el magnetismo electrónico, sobre todo en una casa, como la mía, sin televisor. Fui a trabajar para una cosa urgente y me encontré que había una página de un juego infantil. Llamé al niño para reñirle, con toda la paciencia que emanaba de mis pocas ganas de ponerme a escribir. Vino y con mesuradas palabras le recordé que me pidiese permiso para jugar y tal y cual.

Pero lo malo fue cuando la página de los juegos se resistía a abandonar mi pantalla. Se había quedado enrocada. Ni apagando el ordenador había manera. Y entonces (recuerden que lo que tenía que escribir era un rollo, pero urgente) me entró la furia de Aquiles. Y empecé a reñirle por jugar sin permiso.

La criatura sabía que le reñía por mi frustración: se lo vi en los ojos. Habría aceptado la bronca por los juegos si no hubiese sido sobrevenida a cuenta del problema informático. Le estaba dando un ejemplo de uso alternativo de Derecho, de sesgo ideológico, de política partidista.

Más tarde se lo he intentado explicar, con sus implicaciones políticas y jurídicas, pero estaba jugando con el ordenador (ay, mi conciencia apesadumbrada) y me ha dicho: «No importa, papá, tenías toda la razón». San Isidro, ruega por nosotros.

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