Maldita derecha, bendita izquierda

En una obrita breve, Norberto Bobbio se pregunta por la distinción- para muchos arcaica-, entre la derecha y la izquierda. Cuando parecía que esta clasificación con más de dos siglos de vida dejaba paso a otro modo de entender las relaciones políticas en un país dado, volvemos con más fuerza a ahondar en la división social en dos polos ideológicos opuestos. O eres de derechas o de izquierdas, sin término medio; no en cómo te ves a ti mismo, sino sobre todo en cómo te ven los demás -que en la era de internet y del gran patio de vecinos de las redes, es lo que cuenta. El manual del perfecto progresista en España tiene sus peculiaridades: está a favor sin fisuras de la memoria histórica y es olvidadizo con las víctimas de ETA, que sigue celebrando homenajes a sus gudaris asesinos; el bienintencionado izquierdista considera que la Iglesia, casi toda ella enferma de pederastia, ha estado varios siglos expoliando el patrimonio patrio, y urge una ley para desamortizar a lo bestia, empezando por la Mezquita de Córdoba. Piensa que a la derecha le falta autoridad moral para gobernar, porque ellos son los únicos depositarios de la verdad, la solidaridad y la justicia social. Se adhiere a campañas diseñadas para mantener la moral de lucha: la uniformidad indiscutible de lo público, la dictadura del género que tiene bajo sospecha a medio planeta, el igualitarismo que mata la iniciativa o la alergia a la propiedad ajena y el culto a la propia. Cambió la lucha obrera por el ecologismo, el animalismo, el "Me Too" y el laicismo. Enarbola banderas tan atractivas, idealista y utópicas, que sucumbir a la estética de su lucha es comprensible para la gente más joven que, hoy menos que ayer, quiere cambiar el mundo, o para los abuelos nostálgicos del 68 que han envejecido mal. Aun así, por fortuna, les cuesta ganar elecciones.

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