SE llamaba María y nació en Jerez cuando el siglo pasado empezaba a caminar. Siempre quiso a su tierra como la que más, y ni la dureza de los años en que España reventó, ni los contratiempos de la vida pudieron nunca borrar su sonrisa que se asomaba entre unas gafas de concha y que en el tiempo en que yo la conocí, siempre se apoyaba en un bastón. Vivía frente a San Marcos y no había día que no visitase el Sagrario, asistiese a misa o le hiciera una visita a la Virgen de la Paz. Ella era parte de aquel barrio que ya tan sólo sobrevive en la memoria. Cuando peinaba canas, su única hija y su familia, por mor de las imposiciones laborales tuvieron que irse a vivir muy lejos. Su yerno,ingeniero del IRIDA fue destinado a Valencia, pero María se resistió y decidió quedarse a vivir en las calles que le daban la vida. Pero pasaron varias cuaresmas y la familia decidió que María, ya anciana, no debía permanecer más tiempo sola. De esta manera, con el dolor más grande quemándole el pecho se tragó su pena y con decisión fue a disfrutar de sus últimos años con los que más la querían. Aún así, cuando el sol le daba rejonazos de muerte al invierno por Tornería, María sacaba su billete de avión, hacía su maleta y aparecía de nuevo en su parroquia para recargar las pilas, esas que la distancia iría gastando el resto del calendario. De esta manera, el lunes Santo se personaba en su balcón y disfrutaba de sus recuerdos que pasaban bajo sus pies en forma de cofradía. A mediados de los noventa El que vive en el Sagrario de San Marcos la llamó ineludiblemente al cielo en una fría tarde de invierno. María desde la gloria quiso quedarse para siempre en su tierra y es por eso que su familia visita casi continuamente los rincones que aún hoy le pertenecen. Este año su hija, sus nietas y biznietas vinieron en Semana Santa. Allí estuvieron en la salida de su hermandad cerrando los ojos para dejarse llevar por las luces del recuerdo. Quizás en todas las hermandades existan personas que como María un día encendieron en sus hijos la llama de la fe y hoy viven en la sangre de los que les sucedieron. De eso se trata, porque la Semana Santa nace del recuerdo de los que nos la legaron y vive en el gozo de los que hoy la disfrutan. Por eso esta Semana Santa, cuando salió mi cofradía, miré al balcón de María y ella con el tío Jesús disfrutaban viendo a los suyos. El sol rompió el canasto del Señor de la Cena y una sonrisa que nunca se apagó, asomada tras unas gafas de concha y apoyada en un bastón, iluminaba aún más, que ya es difícil, la tarde más bonita del año.

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