En Andalucía faltan médicos. Y más que van a faltar. Lo dijo el otro día el nuevo consejero de Salud y se lo ratificará cualquier profesional de la medicina pública que se le ponga a su alcance. Faltan sobre todo en los servicios que sirven en puerta de entrada a los pacientes: la atención primaria, pediatría, urgencias hospitalarias o consultas de especialistas con altas demandas como dermatología. La joya de la corona, como se empeñaba en calificarla la anterior Administración socialista, tiene vías de agua que no se van a solucionar fácilmente. Pero lo tienen todavía mucho peor si a la sanidad y a los pacientes se los convierte en armas arrojadizas para la lucha política. Ayer, durante un foro organizado por este periódico, el consejero de Economía fue invitado a realizar al consejero de Hacienda, también presente, la principal petición para que su consejería tuviera recursos suficientes en el Presupuesto de la Junta. Rogelio Velasco, en un gesto de sentido común, tantas veces ausente de la política, pidió que todo el dinero posible se dedicara a arreglar los problemas de la sanidad.

Póngase a ello pues el nuevo Gobierno y no se enzarce en batallas sin otro objetivo que dejar mal a los que estaban antes. Las listas de espera no son sólo un problema de la sanidad andaluza y si de verdad se ha producido un fraude en su contabilización y gestión es algo lo suficientemente grave para que estuviera ya en los tribunales. Porque con la salud no se juega y con las expectativas de curación de la gente mucho menos. Mal van a ir las cosas en Andalucía si el cambio en materia de salud se circunscribe a denunciar lo mal que lo hicieron los otros y a levantar sospechas, más o menos fundadas, de que se prepara el camino para el desembarco de la iniciativa privada en la sanidad andaluza, donde por cierto ya está a través de muchísimos conciertos promovidos por los gobiernos socialistas durante sus décadas de permanencia en el poder. Esto es una realidad que nadie puede dudar pero tiene sus matices. Esos matices pueden verse en lo que han hecho los gobiernos del PP en Galicia, en Madrid o en Valencia.

Si la sanidad andaluza está enferma y la enfermedad está ya diagnosticada, lo que conviene es aplicar cuanto antes las soluciones que estén en la mano del Gobierno. Acabar con la precariedad de los contratos del SAS o rescatar a médicos que han tenido que marcharse al extranjero son medidas en la buena dirección. Las peleas, para otras cosas.

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