Las ideas y los pensamientos son fuente de grandeza evolutiva para enfado de otras especies, pero, en ocasiones, parecen ser marmotas. La memoria es la primera que sufre ante situaciones no previsibles porque las moléculas de ADN de nuestras células se cocinan para muchas generaciones, dejan constancia del pasado, torean a porta gayola al presente y enarbola la bandera de un futuro para reconocimiento de quienes seamos capaces de aguantar más años. Poca gente olvida. Mucha menos es capaz de sacar conclusiones. Los que aun somos adolescentes mantenemos viva la llama de la ilusión por las cosas. Por la vida. Por eso cuando aparecen fechas en el calendario como la de hoy o eventos de esos que han dejado huella en muchas generaciones, es cuando más nos acordamos de la eminente veleidad de la existencia del ser humano y es cuando más apostamos por la tolerancia y el sentido común. Porque con eso del Valle de los Caídos, con los dimes y diretes de los bandos, los desaparecidos, los actos conmemorativos, las cunetas y las sentencias estamos haciendo un master en intolerancia y una diplomatura en incongruencia. Sea por lo que sea, por la llegada inesperada del amigo laureado del Alzheimer, por los rencores no analizados o por las historias a modo de batallitas que nos cuentan nuestros mayores, lo cierto es que somos el resultado que hemos diseñado de muchas rencillas del pasado siglo a imagen y semejanza de otros conflictos de un siglo demasiado castigado por la violencia. Además, como el ejemplo cunde y son muchos los jerezanos que tienen en su retina o en sus tímpanos, las barbaridades sentidas durante años, la moraleja es un salvavidas. La de los fenicios, los tartessos, los musulmanes, los cristianos y muchos más. Sabiendo entender la historia es como mejor se lleva lo de dormir con la conciencia tranquila.

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