Hay un libro titulado «Traité des confitures» escrito en el siglo XVI por Nostradamus, el de las profecías. Lo original es que describe el largo proceso, descubierto por él, para confitar las frutas. Ajeno a sus predicciones, va narrando el largo procedimiento para conseguirlo. Conforme lo iba leyendo, me di cuenta de que paulatinamente nos han estado distorsionando y edulcorando la verdad de lo que vivimos.

Nuestra existencia ha sido sometida a tantas condicionantes que ya nada entra dentro de la normalidad. Ni los términos utilizados, ni las ideas vertidas, ni la información recibida, ni los digo y me desdigo de algunas autoridades cazan con una sociedad madura. Nos han dicho por dónde ir, cómo ir, que hacer y qué no hacer, cómo comprar, cómo relacionarnos, cómo guardar la distancia, cuándo usar mascarillas, cómo comportarnos en los sitios públicos y un sinfín de exigencias que pareciera que nuestra voluntad está resquebrajada.

No sé los demás, pero yo siento un cansancio extraño, como de haber hecho muchas cosas que en verdad no hice o como de estar sometida a trabajos forzados cuando he estado con poca actividad. Siento que mi calle ha perdido un no sé qué de su encanto y que la identidad de todos se ha quedado aparcada hasta que llegue el momento de quitarnos las mascarillas y acercarnos a los vecinos, a los compañeros, a los amigos para reconocer sus sonrisas y recuperar el verdadero sonido de sus voces. Me parece que he cumplido muchos años cuando en realidad han pasado algo más de cien días.

Por si fuera poco están los insolidarios, los que van por la vida como si fueran los únicos, los que se amontonan en playas y terrazas, los que se saltan todo a la torera, los que no piensan en los demás, ni en nada, porque pensar, lo que se dice pensar, no se les da bien. Lo peor es que muchas de estas personas pertenecen a esa generación que tomará el relevo y las riendas del país. Ahí temo yo verles. Con ellos al mando, ni Nostradamus sería capaz de confitarnos el futuro

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