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Míster Vértigo

Sería muy aventurado formar Gobierno con quienes no comparten la aplicación, en caso de necesidad, del 155

Aprimera hora de la tarde de ayer, las posiciones ya estaban claras: la portavoz de Unidas Podemos, Ione Belarra, lamentaba, en un tono conciliador y abatido, la falta de gobierno, mientras que el señor Simancas, por parte del PSOE, enumeraba, en una intervención enfática, con verbo ardiente y agresivo, quiénes eran los culpables de semejante desorden: a su derecha, las derechas, y a su izquierda, Podemos, independentistas, etcétera. Es decir, aproximadamente, todo el arco parlamentario, excepción hecha de ellos mismos. Poco después, veíamos cómo el presidente del Gobierno, señor Sánchez, marchaba hacia las profundidades del verano en su berlina presidencial, con el gesto de quien se abisma en su hora más negra.

¿Era esto así, en realidad, o sólo asistimos al último acto de un desencuentro ya calculado y previsto? Es cierto que el señor Sánchez llegó a la presidencia del Gobierno aupado sobre unos hombros, en buena parte, poco recomendables. Y también es verdad que, para permanecer en el cargo, el señor Sánchez utilizó un combustible altamente volátil e inflamable: convirtió en ultraderecha feroz e inmisericorde a la mitad de la cámara baja. Pero hay algo que el PSOE sabe desde, al menos, los últimos días del señor Zapatero. Los experimentos económicos, que diría d'Ors, mejor con gaseosa. Y no parece muy probable (al final va a resultar cierto que a España la salvará Europa de la oscura tenacidad autodestructiva de los españoles), y no parece muy verosímil, decía, que el partido del señor Sánchez vaya a ceder importantes áreas de política social y económica al trémulo utopismo austral del señor Iglesias. A lo cual debe añadirse otra consideración, de relevancia suma; dada la proximidad de la sentencia del Supremo, prevista para septiembre, sería muy aventurado formar Gobierno con quienes no comparten la aplicación, en caso de necesidad, del 155.

De ahí que sea posible sospechar el carácter impostado de ambos portavoces: el señor Simancas, figurando ser un centrista juicioso y desairado; la señora Belarra, subrayando la lejana posibilidad, tan a la mano, ay, del sueño utópico. Y ambos sabiendo que sólo de ese modo sus formaciones preservarán, algo maltrecha, la clientela. El señor Sánchez, por su parte, en su papel de Míster Vértigo, se arroja de nuevo al abismo para emerger, fatigado e intacto, como un Sísifo que no ha leído a los clásicos, y por tanto ignora la probable futilidad de sus esfuerzos.

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