Recientes informes de reputadas instituciones financieras constatan lo que no es ningún secreto para cualquier persona medianamente informada sobre estas cosas: Andalucía no es capaz de acercar sus niveles de desarrollo a las medidas nacionales y europeas. Todo lo contrario, mantiene un desfase histórico que no parece que esté en vías de solucionarse, ni tan siquiera de mitigarse. El otro día, un catedrático que tuvo importantes responsabilidades en materia económica durante la anterior Administración socialista apuntaba que la base de esta situación no es reversible ni tan siquiera a medio plazo porque parte de un modelo de país que en la práctica lo hace inviable. No le falta razón. España vive su incipiente revolución industrial a finales del XIX y principios del XX y esa industrialización se sitúa por motivos no sólo económicos, sino también políticos, en torno a Madrid, como gran centro político y social, y los puertos de Barcelona y Bilbao, con propina para Valencia. Hay una débil concentración empresarial en Málaga y Sevilla que se corta abruptamente con la Guerra Civil para ya no volver nunca. La España que sale de la dictadura franquista consolida un reparto de papeles claro en el que a Andalucía le toca ser una región centrada en la producción agrícola y exportadora de mano de obra a los centros industriales del norte, especialmente a Cataluña.

Así se llega a la década de los ochenta, en la que se producen dos circunstancias que, objetivamente, podrían haber ayudado a cambiar las cosas de forma radical: la descentralización política con lo que la capacidad de tomar decisiones estratégicas se desplaza, en mayor o menor grado, al propio territorio y la integración en Europa con la llegada de miles de millones de euros que sirven para cambiar el tejido social y mejorar sustancialmente las infraestructuras. Estos dos factores han propiciado un cambio radical en la región que nadie puede poner en duda. Pero no han hecho que la convergencia se haya producido ni mucho ni poco. Seguimos a la cola en la lista de indicadores básicos de bienestar.

La conclusión es clara: ni la autonomía ni la incorporación a Europa sirvieron para cambiar el modelo de país que creó la Restauración y consolidó la dictadura. Las cuatro décadas de democracia que ya hemos cumplido han mantenido incólume el mismo reparto de papeles en el que a Andalucía le toca conformarse con las migajas del bienestar. Algo se ha tenido que hacer mal y alguna culpa tendrá los que han gobernado este país y esta región.

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