Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Morir en coche

Sostiene un amigo -bocazas militante y podador de amistades- que nunca es buen día para decir lo que uno piensa, y que nada más que por eso no queda otro remedio que hacerlo. Vamos allá, pues: causa sorpresa que trece mil personas se apresuraran a asistir, un domingo por la noche, a la capilla ardiente del futbolista Reyes -un superclase, por cierto- anteayer domingo en el estadio del Sevilla FC. También que las delegaciones de clubes, compañeros y hasta políticos en activo o pasivo hayan acudido al morboso paseíllo -sigamos haciendo amigos: la compasión verdadera por un fallecido es cosa de la familia y de pocos más- y no hayan mencionado que murió de manera perfectamente evitable, utilizando un vehículo como arma letal, transgrediendo de forma irresponsable las normas, y arriesgando, hasta propiciarlas, su propia muerte y la de un primo suyo, más un grave accidente para otro. Ante quienes juzguen que en recordar esto hay falta de caridad y cinismo, cabe replicar que puede que no haya cosa potencialmente más falsa que un obituario.

Durante este fin de semana han muerto 15 personas en las carreteras españolas, Reyes y su primo entre ellos, y 16 han sido los heridos graves. Ir en coche es una de las formas más comunes -y prematuras- de morir. Es éste uno de los peligros que más ignoramos, porque si se convierte en realidad es eso, mortal, y porque es probabilísimo. También causa estupefacción que se fabriquen y vendan vehículos que puede conducir cualquiera que los pague o robe, porque en todos los casos la velocidad a la que uno puede circular con sólo dos centímetros más de pisada es totalmente desquiciada. Uno de los grandes enigmas de nuestra civilización es que los coches puedan ir a 250 kilómetros por hora… o a 170 en un cochecito que será reducido a un amasijo con sólo salirse de la carretera en un despiste. Y mucho peor, por más injusto, que mate a alguien que pasaba por allí y es ajeno al desconocido que va haciendo el loco al volante. Un poco más de discreción y un poco menos de postureo fúnebre hubieran sido de agradecer en este caso, lamentable como cualquier muerte joven. Sucede que la epidemia de vanidad -smartphone en ristre- convierte todo en un evento, una celebración en la que buena parte del aforo y la ceremonia la cubre un voluntariado a coste cero. Una actividad en la que algunas localidades están cada año más especializadas. Lo cual puede resultar incómodo, pero es inofensivo: es la muerte la que no tiene remedio.

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