No estoy en contra, ni mucho menos, de las tradiciones. Considero que un pueblo que no cuida, mantiene y fomenta sus manifestaciones salidas de la tradición, es un pueblo que le hace un flaco favor a su futuro y tiene todas las papeletas para convertirse en algo vacío y sin entidad. Sin embargo, tales circunstancias, sobre todo las festivas, si no se les pone todo el rigor, seriedad y cordura pueden convertirse en meros planteamientos vacíos de casi todo. Nuestras zambombas corren el riesgo de enfermar de éxito y morir por las esquivas exuberancias de los que se sienten abanderados de su pasado esplendoroso. En estas últimas semanas lo que se vende y se publicita por zambombas - aquí salven ustedes las que tengan que salvar y magnifiquen lo que verdaderamente mantiene la esencia y el sentido - no son si no absurdos botellones donde prevalecen los desmanes, los excesos etílicos, el poco sentido y lo que no tiene nada que ver con lo que se supone debe ser una sabia, vieja y popular manifestación. Yo me alegro enormemente por el comercio y la hostelería que han visto mejoradas sus, a veces maltrechas, economías en estos días. Pero, por culpa de lo burdo, de la pobreza mental de algunos y de lo que esto desencadena, las zambombas y sus circunstancias perderán, más pronto que tarde, todo atractivo y harán huir a propios y extraños. Si a esto le sumamos la estulticia de muchos, el desenlace será rápido y sin necesidad de anestesia. Digo esto por lo que se ha podido observar en muchas de esas masificaciones festivas. Hemos visto cómo bastantes sujetos, llevados por esa tonta y exagerada supervaloración animalista, metían a sus mascotitas en las bullas donde las criaturitas mostraban sus lógicas sensaciones de agobio y pánico. Si en tales situaciones no pasó nada es que Dios existe o que los villancicos al Niño Jesús han servido para algo. ¡País!

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