Mi colegio mayor me ha invitado a leer poesía. El acto tiene mucho de justicia (naturalmente, poética), pues fue allí, en una noche en vela, donde aprendí la importancia del oficio. Me ayudaron a corregir un poema muy vibrante que había escrito a una chica de Jerez, pero que no tenía ningún respeto a la métrica. Jamás se lo di a la chica ni lo guardé, porque aquella noche (al menos) mi pasión se había vuelto otra, formal, retórica y correspondida.

La vocación la traía puesta. Uno no sabe cuándo nacen estas cosas, pero tengo la fecha y el momento que marca que lo mío con la poesía era irreversible. Fue antes de la universidad, en la adolescencia. Quedé con una veraneanta en que nos escribiríamos durante el invierno. Eran otros tiempos y eso era el súmmum. En la primera carta le mandé un poema y un dibujo. Me contestó rápido y alababa con fervor… el dibujo. Del poema, ni mu. Asumiendo el riesgo, le escribí con dos poemas y ningún dibujo. Jamás contestó. Yo había sacrificado mucho a la poesía: la amistad de la chica, digo. La carrera de dibujante, no, porque el dibujo era un calco.

Años después, con la carrera terminada o casi, otra chica marcaría un nuevo hito en mi relación con la poesía. Estábamos en verano en el Puerto, sentados en mi vespa, a la luz de una farola, en el paseo de la desembocadura del Guadalete. Le dije un poema mío. La dejó fría. Pensé que tal vez era el poniente largo. O que no tenía sensibilidad. Y se me ocurrió una prueba del nueve. Recité como mío un poema de otro. No de un famoso, que podría descubrirme, sino de Juan Varela Gilabert. La entusiasmó inmediatamente. Yo creo que nunca comprendió lo chafado que me quedé. En cuanto la dejé en su casa, me fui a leer, nueva noche en vela, dispuesto a descubrir ese no sé qué que hace que unos versos sean poesía y otros no.

Oficio, vocación, misterio…, la Musa, como es chica, siempre ha querido tomar cuerpo de mujer hermosa para ponerme delante de sus retos. También mis primeros versos infantiles (recuerdo ahora) fueron los que el mes de mayo llevábamos con flores a María o los del día de la madre. No me quejo de un aprendizaje tan lento que me está llevando toda la vida. Hasta que no conocí a mi mujer no escribí unos de amor reales y maduros. Gracias a tanta torpeza tanteante, todos mis poemas de amor auténticos (y publicados) son a ella. Lo cual está muy bien por razones simbólicas (y prácticas).

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