Manolo Romero Bejarano

El Nerón de Jerez

LO mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer, que huyes y te persigue, le sigues y echa a correr…

A comienzos de 1905 el célebre poeta anarquista Pedro Luis de Gálvez publicó por entregas en El Heraldo de Cádiz una novela titulada "La Cochambrosa". El éxito de la obra le hizo entrar de lleno en los círculos intelectuales de la izquierda gaditana, y ese mismo año fue invitado a un mitin republicano que no acabó demasiado bien para el vate, pues fue encarcelado tras gritar en la sala que Alfonso XIII era el mayor cretino del Reino.

En el presidio Gálvez conoció a todo tipo de personajes, pero el que más le impresionó fue El Nerón de Jerez, del que escribió lo siguiente en sus memorias: "Nerón, otro jerezano ladrón y fuguista, con veintisiete procesos a las espaldas, diez años de condena y el sueño de prenderle fuego a Jerez".

Nacido en 1877, Juan Antonio López Rodríguez mostró desde su más tierna infancia una inclinación morbosa por el fuego, jugando con cerillas, velas y bengalas apenas si tuvo uso de razón. La vida del pequeño Nerón no fue fácil, pues vio la luz en una chabola de la Estancia Barrera, en el seno de una familia de delincuentes comunes. Inducido por sus padres a robar con apenas cinco años, fue poco a poco mejorando sus técnicas en las que, como parece previsible, nunca faltaba algún objeto en llamas. Desde atracos a mano armada con una antorcha, a bombas incendiarias que, cuidadosamente olvidadas en el rincón de un comercio, hacían huir a todos mientras que Juan Antonio distraía el género. Las detenciones no se hicieron esperar y a los 16 cumplió su primera condena de 7 meses y un día por lanzar un petardo de grandes dimensiones al interior del carruaje del marqués del Mochales quien, aturdido por la tremenda explosión, no se dio cuenta de que le sustraían su reloj de oro.

Las fuerzas del orden lo intentaron todo con el joven, desde fuertes palizas que le pudieran servir de escarmiento, a largas charlas de frailes y sacerdotes, que intentaban hacer ver al díscolo pirómano lo errado de su actitud. No consiguieron nada, sólo que El Niño de Fuego anidase en su alma un odio profundo hacia toda la sociedad, en especial hacia el clero, los nobles y la alta burguesía, quienes al fin y al cabo controlaban un sistema injusto y represor del que el Moderno Prometeo era víctima. Las estancias en la trena fueron cada vez más frecuentes y a cada excarcelación seguía un delito aún mayor. Aprovechando un descuido prendió con dos cirios el tabernáculo del retablo mayor de Santo Domingo para después dar la voz de alarma y, entre la desesperación de todos, hacerse con las joyas de la Virgen del Rosario. De entre todas, su técnica más depurada era la que él mismo bautizó como Candié de Muerte, una mezcla de aguardiente y petróleo que introducía en una botella con un trapo en la boca al que daba mecha y después arrojaba al blanco apetecido. Para que después nos venga Molotov a decirnos que inventó un cóctel.

La aversión del Nerón de Jerez hacia sus congéneres fue en aumento, hasta el extremo de convertirse en un terrorista, ya que llegado un punto, sus atentados no tenían como fin la apropiación de bienes ajenos, sino la aniquilación de todos aquellos a los que consideraba los enemigos del pueblo. Desde el palacio de Aladro Kastriota al Banco de España, del cortijo de la Peñuela al Consistorio, todos probaron las mieles de Juan Antonio Rodríguez. El propio Pedro Luis de Gálvez ponía en su boca estas palabras: "Y, qué, si yo cumplo, se acuerdan de mí en Jerez… ¡Eso es viejo! ¡Tengo que pegar fuego a más eras! ¡A más cortijos!... ¡A más casas!... ¡Mi gusto sería ver Jerez ardiendo!... Y decir luego en la sala: "Señores magistrados: el autor de todos esos delitos, soy yo, ¡yo! Los he cometido por vengarme de los que no me ampararon cuando necesité el amparo de los hombres buenos, por vengarme de los que me negaron trabajo, por vengarme de los que me llamaron ladrón, sin tener en cuenta que yo tenía mujer e hijos que me pedían pan, por vengarme de los curas, que no aconsejan a los ricos la protección del pobre; por vengarme de vosotros, diciéndoos cuatro verdades, y que no sabéis una mierda de leyes, ni tenéis unas miajas de caridad, ni queréis la corrección de los reos, sino que os aflojen la guita, por vengarme de esta sociedad cochina, trapalona, insolente, canalla, a la que quisiera destruir, porque no vale un ochavo… Y ahora, si algún resquemor me queda dentro del pecho, es el de no poder pegar fuego al mundo entero, para morirme con la tranquilidad de que, alguna vez, en el mundo se ha hecho justicia".

A comienzos de 1905 la carrera del bizarro Nerón era imparable. Cinco alambiques explotaron el mismo día, mientras que los puntos calientes se multiplicaban por todo el casco urbano. Al Gran Hotel Victoria siguió la sede del Casino Nacional, luego el Hospital de Santa Isabel y más tarde la rotativa de El Guadalete. Las monjas de Santa Rita huyeron una tarde despavoridas de su convento, que acabó quemado por obra de uno de los candiés flambeados que alguien introdujo por el torno. La iglesia de Los Remedios siguió la serie, siendo tal vez la primera en nuestra ciudad que iluminó con medios diferentes a los de la Doctrina Cristiana. En la mayoría de los casos, los bomberos solo pudieron salvar el solar.

Las chamuscadas víctimas clamaban a las autoridades, pero Juan Antonio había conseguido perfeccionar sus técnicas de escape casi tanto como las de destrucción. Nicolás Muñoz era uno de los curas de San Miguel. Glotón, borrachín y putañero, recibió su particular infierno de la mano de quien todos sabemos, que le roció con disolvente para después hacer saltar la chispa de la vida, produciéndole un fin atroz. Varios vecinos declararon a la policía que el criminal huyó saltando por las azoteas vecinas, como si fuese un gato salvaje. El punto culminante de su carrera fue el incendio del escritorio de las Bodegas Domecq, el 5 de mayo de 1905, en el que perecieron siete trabajadores. Pocos días más tarde Nerón fue detenido en el puerto de Cádiz, cuando estaba a punto de embarcar hacia Brasil, quizás con la intención de reducir a cenizas el Mato Grosso.

Tras un breve proceso, Juan Antonio López Rodríguez fue sentenciado a muerte. Pese a que lo habitual por aquel entonces era aplicar garrote vil a los reos, el juez decretó que había de perecer en una hoguera en la plaza del Arenal, como así sucedió el 9 de noviembre de 1905.

Como última voluntad, el condenado pidió fumarse un puro habano. El incauto carcelero que se lo proporcionó, acabó en la casa de socorro con quemaduras de tercer grado.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios