El escándalo que han montado algunos periodistas y medios de comunicación con la aparición de Santiago Abascal en el El hormiguero nos da muchas pistas de por qué este oficio ha caído en el descrédito más absoluto. Los mismos que no tienen empacho en invitar y dar voz a los amigos de ETA son los que ahora pretenden el asesinato civil del califa vasco, un representante de los ciudadanos con todos sus papeles en regla (incluido el certificado de penales). Las opiniones de Abascal, un derechista con ribetes de populista de nueva ola, puede que no gusten a la mayoría, incluso que provoquen una irritación de colon a aquellos que han hecho del sentirse ofendidos una forma de vida, pero nadie tiene derecho a la indecencia -como hemos visto de forma masiva durante estos días- de exigir su marginación del debate público. Y menos poniendo cara de beato laicista.

En las próximas horas sabremos los detalles de la sentencia del procés. Si es condenatoria, como apuntan buena parte de las filtraciones de los últimos días -sí, Pacheco, es un cachondeo- no tardaremos ni diez minutos en ver cómo todos aquellos haters que ayer exigían el cadalso para Abascal por el simple hecho de que no están de acuerdo con sus opiniones, empezarán a pedir al Gobierno medidas de gracia para los indepes que intentaron romper la soberanía nacional, lideraron tumultos para impedir la acción de la Justicia, alimentaron el odio xenófobo en las escuelas, fragmentaron por décadas la sociedad catalana, malversaron dinero público, etcétera. Hablarán de diálogo y democracia y luego se irán tan tranquilos al bar a tomarse un pacharán o cualquier otra porquería similar.

Desde muchas radios y periódicos se intenta una torticera identificación entre Bildu y Vox como formaciones extremistas que deben ser marginadas de la vida pública. Sin embargo, mientras que la formación vasca es la heredera orgullosa de ETA (un millar de muertos) los de Abascal son una escisión derechista del PP a la que no se les puede imputar ni siquiera el robo de folios en el Congreso de los Diputados. Sus opiniones pueden ser reprobables (lo son en variadas materias) y sus actitudes chulescas (el tono tabernario de algunos es paródico y risible), pero no es con técnicas de mafia mediática como se combaten las ideas de los demás.

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