Pasando lista

Me entra el vértigo de lo que me falta por lee. Y no es un vértigo pedantesco, sino biográfico

Sufro un ataque de ansiedad que no tiene ni siquiera el consuelo de ser un síndrome de Stendhal. Porque ése es ante la contemplación poderosa, estremecedora y temblorosa de la belleza. Yo tiemblo ante su ausencia.

Mi amiga la escritora Esperanza Ruiz ha empezado a reunir, en un blog llamado "Los 100 esenciales", listas de libros imprescindibles según los diversos autores o lectores a lo que va invitando. Yo me resistí a participar. Una vez un amigo me pidió los 52 libros claves y no fui capaz. Él tenía la intención de leer uno por semana para empezar y acabar de formarse en un año exacto. La idea era buena o, al menos, la voluntad; pero no pude. ¡Hay tanto libro que no es clave ni importante… pero sin el cual no concibo mi vida!; y viceversa también.

Mi consejo fue que fluyese. Que leyese sin listas, según le fuese pidiendo el cuerpo, el alma, el interés, la necesidad, la curiosidad o los consejos de unos y otros, sin someterse a un criterio.

Pero ahora, leyendo las listas de Esperanza Ruiz, me entra el vértigo de lo que me falta por leer. Y no es un vértigo pedantesco, sino biográfico. Hace mucho que pasé la mitad del camino de mi vida y debo de andar ya alcanzando los dos tercios. No hay otra actividad, quitando dormir y hacer el tonto, a la que haya dedicado más energía y tiempo. Y, sin embargo, veo las listas de 100 (de sólo 100 y todos esenciales) y cuántos me faltan, sin contar los que ni me suenan, que inquietan, y más inquietan aún los que leí, sin duda, pero no recuerdo más que vagamente.

Si esto me pasa con la lectura, me pregunto en una especie de juicio final adelantado, ¿qué no me ocurrirá en otros órdenes de la vida, quizá más importantes y en los que me concentré bastante menos? Contra mi propósito inicial, he empezado a hacer mi lista. Para que haya una que sí haya leído. Aunque no la publique, sólo como un examen de conciencia, por la enseñanza. Cuando John Senior se quejó a su profesor universitario de que no podía leer la lista de grandes libros que le había propuesto, éste le respondió: "Claro, pero léase uno", y eso cambió su vida y se convirtió en el gran maestro de la literatura y el alma que fue, reconociendo además que no había salido nunca de aquel libro, que era los Diálogos de Platón. Ya que no podremos vivir todas las vidas ni las de otros ni siquiera la ideal nuestra, volquémonos con intensidad en la que tenemos, con agradecimiento.

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