Ahora que noviembre se apresura a arrancar hojas del calendario y que el frío se va desperezando por las rendijas de la noche, uno siente que vivir tras las fronteras de Jerez es un verdadero lujo.

Siempre lo he sentido así. Siempre he presumido de ello. Y, sobre todo, siempre se lo he confesado a los vientos.

Y esos vientos, que son los encargados de ir moldeando lienzos, espadañas y rincones, también son los encargados de acariciar con mimo esos otros patrimonios inmateriales que están ahí y que nos hacen ser poderosamente ricos.

Patrimonio como esas nubes blancas con sabor a castañas asadas que salpican las esquinas de la costumbre o esas voces que ensayan villancicos para acunar un año más la llegada del Niño Dios.

Patrimonio como esos ecos que el tiempo cose a sus entrañas cuando una guitara llora compases flamencos o una saeta se acomoda sobre el alambre cuaresmado de un puñado de adoquines.

O patrimonio como el que se cuece a fuego lento tras los muros del convento de las Hermanas Clarisas -allá en la calle Barja-, bajo la sombra silente de Iglesia de San Miguel. En un patio porticado y detrás de un simple torno de madera, uno puede encontrar pastelillos de gloria, almendrados, amarguillos… y, sobre todo, uno puede deleitarse con el aroma y con el sabor que desprenden las magdalenas de chocolate. Reconozco que son mi perdición, con esa disposición de ocho delicatesen sobre una pequeña bandeja blanca que apenas duran una merienda y que -al comerlas-, mis labios se deshacen, se derriten, se desvencijan por los recuerdos de mi juventud. Es el único capricho chocolatero que me doy. Es el regalo que con mayor frecuencia desenvuelvo. Es un patrimonio inmaterial que no tiene fecha de caducidad. Magdalenas de chocolate del convento de la calle Barja… o el lugar donde siempre vuelvo para ser feliz.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios