Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

La pausa

ANDAMOS ocupados en arrastrarnos para conseguir un trocito de felicidad que, cuando alcanzamos, tratamos de conservar con todos los medios que creemos tener a nuestro alcance. No entendemos que la realidad está muy lejos de lo que estamos casi seguros que es, pero lo está.

Sobre un cimiento, que nos viene impuesto, que es la condición humana, hemos ido hilvanando un complejo e intrincado tejido que, lejos de la idea con la que fue confeccionado, nos enreda en un laberinto del que con frecuencia cuesta mucho salir.Lo que le ‘exigimos’ a la vida es que nos trate bien, que sea amable y generosa con nuestros anhelos. Pero la vida en la que nos sumergimos, ese ‘tejido’ que hemos hilado para construir el soporte en el que apoyarnos y lograr lo que sentimos necesario para ser felices, suele desempeñar, por causa imputable sólo a nosotros mismos, la función opuesta.

Definir la humana condición es, en mi opinión, no posible. El ‘denominador común’ que nos une pesa demasiado poco respecto a la interminable pluralidad de variopintos ‘numeradores’, cada uno de su padre y de su madre; tan opuestos, a veces, que pareciésemos pertenecer a especies distintas; otras, tan enfrentados como para sabernos repudiados, incluso excluidos, en lugar de queridos y acogidos.

Numeradores’ siempre condicionados por la circunstancia que, buscada o no, tamiza, matiza y determina esa condición común -valga la redundancia- que nos confiere lo que de humanos tenemos.

Lo cierto es que, a fin de cuentas y si nos referimos a la posibilidad razonable de disfrute de la cuota de felicidad que nos sea posible alcanzar, terminan por pesar bastante más las características del ‘tejido’ que hemos ido confeccionando -lo que llamamos nuestro existir- que esa esencia, alabada o denostada, que supuestamente nos determinaría como seres humanos. De ahí que el empeño en ‘fabricarnos’ una tela que no es la que a nosotros conviene, sea motivo de frustraciones y amarguras, razón de tristezas y decepciones, causa de sufrimiento y pena… sentires, todos, que nos atrapan a una orilla desde la que sólo veremos la felicidad si miramos hacia la que se encuentra justo al otro lado del río.

Puede que no debiera ser así, pero es así como es: no es la nuestra la condición de ‘felices’, lo es la de ‘estar en la busca de’ ser felices; situaciones tan distantes la una de la otra que, si no hacemos por ser conscientes de ello, arruinaremos cualquier posibilidad de conseguir regalarnos la causa última de nuestro ‘estar aquí’: eso que llamamos felicidad, cualquiera que sea el modo, forma y definición, en el que cada cual la entienda.

Si comprendemos que ‘estamos en la busca’, deduciremos que, de modo inevitable, habremos de pasar tiempo de vida inteligente, no vegetativa, dedicados y concentrados en que el resultado de haber adoptado esa posición, de su fruto; tendremos que dedicar empeños y asumir privaciones, ocupar vacíos para sentir plenitudes… Sabremos entonces que la actitud es la ‘búsqueda’, por consiguiente, cuando la felicidad llegue, estaremos en una tregua del resto de nuestra vida, una ‘pausa’ tras la cual habrá que reanudar, insistir y perseverar en la búsqueda de la siguiente, que estará por venir… si nosotros estamos dónde y cómo debemos. Es así, y no al revés: no estamos ‘diseñados’ para ser felices con treguas de infelicidad. La felicidad, si se alcanza, nunca permanece. No se puede vivir ‘en’ ella, se puede vivir -si se llega- ‘con’ ella. La duración, el tiempo en que la consciencia sea conciencia de ser feliz, dependerá de muchos factores -algunos de los cuales ya he mencionado en estas líneas-, pero lo que de verdad importa, lo que nos es útil, es la intensidad. Que esa ‘conciencia’ disfrutada haya tenido la fuerza suficiente para alimentar el deseo de volver a tenerla, que nos espolee a estar, de nuevo, ‘con’ ella. Por eso, aunque no sea lo que quisiéramos y lo consideremos, subjetivamente, ‘injusto’, lo trascendente, más que el ‘cuánto’ es el ‘cómo’, el ímpetu, el vendaval interior que desatamos para regresar al lugar que ansiamos.

Si, es cierto que contamos con una muy buena carta para jugar durante esa larga búsqueda tras la ‘pausa’ con la que seremos, o volveremos a ser, felices, se llama: ilusión.

La ilusión, que merece artículo propio, convierte el camino en asequible, lo hace aparecer a nuestra voluntad como factible, lo muestra -sin engañarnos- a una lejanía alcanzable, lo envuelve en calidez, aunque estemos tiritando... La ilusión es el ‘cómo’ se alcanza ‘la pausa’ ¡Ay de aquellos que no la habiten!

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