Llegamos al segundo tercio del siglo XVI en esta historia (invertida) de la arquitectura en Jerez. Son los años de la verdadera introducción del Renacimiento en la ciudad. En este proceso jugarán un papel crucial dos maestros: Fernando Álvarez y Pedro Fernández de la Zarza. Hoy nos detendremos en Fernández de la Zarza. También aquí son básicas las investigaciones de Romero Bejarano, en este caso junto a Raúl Romero Medina. Por ellos conocemos su origen jerezano, su nacimiento hacia 1494 y su pertenencia a una importante saga local de arquitectos, los Rodríguez. En el ámbito familiar conoció los secretos del tardogótico, como vemos en su propia producción. No obstante, su trabajo junto a maestros de Sevilla, como Diego de Riaño y Martín de Gaínza, le lleva a asimilar un nuevo lenguaje. Estos contactos se suceden en la construcción de San Miguel, en la cual Fernández de la Zarza trabaja desde los años veinte y donde actuó como aparejador de Riaño, primero, y de Gaínza, después. La riqueza decorativa de la cabecera y crucero de esta iglesia, que llegó a despertar la queja de los propios feligreses por los cuantiosos gastos que conllevó, se debe en parte a él. De hecho, a su personal inventiva pertenece la original bóveda de la capilla del Socorro, en la que incluye su firma en 1547. Durante todo ese tiempo su actividad profesional fue fecunda y va desde la capilla de Consolación de Santo Domingo, que contrata en 1537 y cuya portada es una de las primeras muestras de la estética renacentista en Jerez, hasta la plenitud clásica de la bóveda en forma de concha de la capilla del Voto de San Francisco, que pudo ser una de sus últimas creaciones, ya traspasado el ecuador del siglo. Una obra que culminaría todo un proceso de evolución de un arte que luchó por despegarse, no sin dificultad, de su vigorosa raíz medieval.

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