Después de un mes fuera de la ciudad, regreso a ella y a sus temas y, entre las cosas que me reciben, me encuentro con las noticias de las peñas flamencas, que presentan sus actividades de otoño. Programas esmerados que despiertan el interés de cualquier cabal que se precie y que muestran la vitalidad de estas instituciones, a pesar de que en la mayoría de los casos esa actividad se limite casi a los mencionados ciclos. A mí me resulta admirable en cualquiera de los casos, porque son el resultado del empeño de aficionados que se reúnen en esas peñas dedicando tiempo y notables esfuerzos, que se entienden como desinteresados. Pienso, además, que en Jerez somos muy afortunados al tener acceso a esas actuaciones y, esto hay que recalcarlo, de manera gratuita. Esta es un característica singular que, sin embargo, bien merece una reflexión. Los peñistas son muy libres de programar actividades para sus socios y socias y bien podrían hacerlo de manera exclusiva, con las puertas cerradas. Pero no, las abren libremente a la ciudadanía, por más que, como es lógico, se reserven espacios para ellos, que son los que se las trabajan. Con esta forma de proceder, especialmente en Jerez, porque esta es la ciudad con mayor número de peñas, se ha instalado una conciencia de gratuidad del arte que no me parece nada conveniente. El arte no debe ser gratuito. Soy consciente que las peñas, seguro que con gran esfuerzo, pagan a los artistas que contratan, pero al aficionado hay que trasladarle ese valor y hacerlo partícipe de él. La contribución no tiene por qué ser onerosa, tan solo la suficiente para que se de valor al arte que se ofrece. Y seguro que con ella las peñas aligerarán su economía y se quitarán alguno de los problemas de espacio con que se encuentran.

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