Que las apuestas son un negocio en expansión explosiva lo atestigua el hecho de que el Rey Fútbol bien puede decirse que depende en sus galácticos ingresos de ellas, y no hay nada más que mirar la publicidad de las camisetas, y la cambiante y digital que vemos a ras de césped en la televisión. En el reverso de esta realidad está que el fútbol no sufre merma de espectadores, y mucho menos de espectadores infantiles y juveniles. Que el público objetivo de este tipo de publicidad son los jóvenes y menos jóvenes está fuera de duda: el dinero nunca fue gratuito, y el gran dinero, menos. Que esté prohibido aceptar apuestas de menores es de todos sabido; que esta prohibición se pueda regatear, también. Por ejemplo, como sucede con la provisión de lotes los fines de semana: hay auténticos intermediarios del botellón que sacan su comisión por ir con su mayoría de edad en ristre al chino para proveer a menores. Igual pasa con las apuestas en internet: con cierta inocencia y adicción aún latente, grupos de niños y jóvenes hacen vaquitas para apostar a un resultado o a una contingencia cualquiera del partido.

El alcohol y el tabaco, no digamos las drogas ilegales, están proscritos de la cartelería y la televisión. Pero las apuestas tienen bula en España -ya no en Italia, por ejemplo-, y vemos a actores protagonizando anuncios para tentar al apostante a engancharse, y al niño a iniciarse en un consumo donde, por definición, siempre gana la banca. Aunque el adicto a la apuesta siempre mencionará sus ganancias, y no sus pérdidas, que por narices serán mayores. El saldo positivo es para la casa; el negativo, para la tarjeta del chaval. O para la de su padre, ajeno al trajín pequeño y continuo que su hijo -son muchos más los varones, por ahora-, que tarda en descubrir los cargos a tiro de número de tarjeta y código secreto: tirado, el trajín. Cuando vino a darse cuenta, era tarde. Suele pasar con todas las adicciones. Ahora, además, no hace falta dar la cara en un bar con una máquina ruidosa que atrae la atención cuando corren tolva abajo las monedas. Ni tampoco yendo a una casa de apuestas física que, en la meca del asunto, el Reino Unido, es -al menos, era- siamesa de un despacho de alcohol de alta graduación que te despachan entre rejas. Así se da al asunto un matiz pecaminoso. En las de aquí, en eclosión, el plan es lúdico.

Esta semana hemos conocido el dato: España es el país europeo con mayor número de ludópatas entre 14 y 21 años, según la Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados. ¿Se extraña usted?

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