Peripés

Los juzgados nunca erradicarán la delincuencia

C style="text-transform:uppercase">uando se utiliza la expresión "opinión pública" siempre me armo un lío. No sé si se refiere a lo que se dice en los medios de comunicación, a lo que se habla en la calle, a lo que dicen las encuestas o a todo un poco según convenga. Para terminar de confundirnos, la opinión pública, desde la muerte y crucifixión de Cristo, es voluble, cobarde por lo general y contradictoria. Los malabaristas de la demagogia están siempre interpretando lo que dice la opinión pública porque rara vez tiene una sola voz, un solo clamor.

En los últimos años se ha pedido dureza y severidad con los políticos. Se ha soliviantado a la sociedad y se ha reclamado el endurecimiento de las penas para los que manejan el dinero público que parecían actuar impunemente. Al soborno y al robo se le llama corrupción, que suena más moderno pero que es tan antiguo como el hombre. Se acabó la impunidad, decían ufanos los propios políticos sabedores de que le soltaban la escoba de barrer a ese otro poder maniatado por la ley que es el poder judicial. De este modo, si la gente quiere castigo, son ellos los que han endurecido la ley pero, si quieren clemencia, son los jueces los duros.

El problema surge cuando la opinión pública, saturada de escándalos, percibe la desigualdad de trato y la desproporción. A la gente le asusta la severidad cuando tiene nombre y apellidos y se cobra como siempre una pieza pequeña, una cabeza de turco que no limpia pero da esplendor a la regeneración política. En la provincia tenemos ejemplos varios. De eso se trata, no más. Por eso Pujol y su familia siguen en la calle. Los juzgados nunca erradicarán la delincuencia de la misma manera que los hospitales no acabarán jamás con la enfermedad.

La muerte de una política perseguida por la justicia, defenestrada y señalada socialmente, ha puesto en evidencia la poca consistencia de la llamada regeneración política, la cobardía de los suyos y una falsa clemencia que sólo es capaz de mostrar el género humano con un muerto.

La muerte, cualquier muerte, tiene siempre algo de reivindicación de la vida, de necesidad rendir cuentas y hacer balance de nosotros mismos. La muerte, sobre todo la muerte inesperada, no se conforma con un minuto de silencio impostado. La muerte pide a veces cambiar el discurso, aunque sólo sea por unos días hasta que se nos olvide de nuevo que estamos aquí de paso y que somos los de siempre, solo que más viejos.

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