El maestro de escuela Shaughnessy, un heroico perdedor y un titán sencillo, en la noche de su boda con la hija de Ryan da lo que podríamos llamar un petardazo con su joven esposa. Ella, por su parte, se queda in albis, como diciendo "¿Esto era eso?". Así serían muchas de las primeras noches de conocimiento carnal de generaciones enteras; aunque no pocos y hasta pocas llevarían, sin enmienda, hechos los deberes. Hoy, también en aquellas remotas costas del oeste de Irlanda -es un decir, remoto no hay ya nada, y menos en verano-, la presión de una férrea moral católica custodiada por el sacerdote ha cedido, y cómo. Ya hemos traído a colación aquí las estadísticas sobre el inicio de las relaciones sexuales entre los niños -niños y niñas, sí- españoles. La bendita relajación de aquellas costumbres que convertían el sexo en un deber de oscuras implicaciones, frenos, pecado y remordimientos conoce un efecto pendular realmente preocupante.

El consumo de pornografía tiene mucho que ver con el inicio precoz en la coyunda, y también en la manera de planteársela. La pornografía como género o asunto de búsqueda crea el principal volumen de tráfico mundial en internet. Su disponibilidad gratuita es apabullante en cantidad de subgéneros: hay sexo para todos los públicos, y sin límite. Un cerebro infantil en desarrollo y, por tanto, permeable y maleable para bien y para mal, encuentra un mundo ideal en el que mirarse y al que aspirar. Sí, ideal en estricto sentido platónico, que no significa siempre bello ni perfecto: los arquetipos en que mirarse son acróbatas, superdotados, máquinas sexuales. Y también mujeres, por lo general sumisas y contentas incluso por sufrir, dispuestas a hacer y dejarse hacer lo que sea menester para contento del semental de turno y, ahí está la cosa, del espectador solitario en la penumbra creada por una tablet.

El efecto llamada a la adicción a un sexo ideal, quizá sórdido o sádico, está sin duda detrás de las agresiones o abusos que grupos de niños y jóvenes perpetran sobre chicas solitarias, probablemente borrachos, aunque hay, también, violadores en manada sobrios porque su religión no les permite beber. No existen violaciones en el mundo animal, es especialidad del animal humano, y dentro de ellos, del varón, y de nada vale -más que para trampear el argumento- aducir lo excepcional. Y no existe, salvo para asegurar la descendencia, machos poseyendo a la misma hembra por turnos. Es puro platonismo sexual.

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