Habladurías

Fernando Taboada

La Era Placebo

VIVEN una época de esplendor. Los productos milagrosos siempre han tenido su público, pero como últimamente no ganamos para sustos, cada vez se venden mejor. A nadie sorprende, por ejemplo, que la anterior ministra de Sanidad, ante la perspectiva de los recortes, usara pulseras homeopáticas. Como tampoco sorprende que la actual ministra de Trabajo comparta despacho con la Virgen del Rocío y le rece de vez en cuando para pedir milagros contra el desempleo.

Para verificar que vivimos rodeados de suspense, basta con ver un telediario. No han acabado de asustar al espectador con algún sobresalto financiero cuando le dan el postre advirtiendo que la alerta naranja por viento huracanado dará paso a una alerta roja por lluvia, y si no, casi peor, porque en cuanto cese el temporal, la amenaza de incendio será inminente. Y claro, para sobrellevar esta crónica diaria del pánico, la gente lo que necesita es una tonelada de calmantes más o menos vitaminados, un cartucho de ansiolíticos a media tarde, sus buenos somníferos a la hora de acostarse y algún que otro estimulante para cuando suene el despertador. Y aquí es donde aparecen los productos milagrosos.

La salud, con la supresión salvaje de servicios públicos -y llegado este punto de histeria colectiva- se acaba emparentando con el horóscopo, y busca los remedios allá donde la medicina pierde pie. Es cuando irrumpe en escena el producto-milagro, con ese lenguaje pseudocientífico que emplea (y que convierte el aparato digestivo en "centro de energías cósmicas" o culpa de los dolores de cabeza a un desequilibrio entre el Yin y el Yang.)

Estos productos son fantásticos porque además no tienen efectos secundarios sobre el organismo. Para ser exactos, no tienen efectos de ningún tipo (aparte de los que cada uno quiera creer que le producen.) Al basarse en el placebo, sirven lo mismo para dejar de fumar que para conservar una piel joven o evitar la peste bubónica. Pero no hay riesgo de sobredosis porque si alguien, por ejemplo, se atiborra de barbitúricos, seguro que lo va a pagar caro; pero si se mete entre pecho y espalda medio kilo de pastillas homeopáticas, puede estar tranquilo, ya que las secuelas serán parecidas a las que sufriría si se merendara medio kilo de gominolas.

Vender sal gorda puede ser buen negocio. Y vender oro. Pero vender sal gorda a precio de oro es el auténtico chollo que ha enriquecido a muchos gurús de la homeopatía. Por los prodigios que produce el efecto placebo, estos remedios que tienen la misma capacidad curativa que el agua del grifo cada vez se venden más. ¿Pero de qué nos vamos a extrañar? Si los blandengues libros de autoayuda han venido a sustituir a aquellos filósofos que golpeaban directo al hígado, es lógico que la homeopatía triunfe hoy, como triunfan también los discursos de la neopolítica, empeñados en hablar de nuevos tiempos, o de horizontes para soñar y cosas así, que viene a ser lo mismo que decir que la sociedad es un centro de energías cósmicas más o menos cabreadas. Igual que el aparato digestivo.

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