Nos envía la querida Soledad, que pasa el verano descifrando la endiablada caligrafía de Juan Ramón como otros lo pasamos dejándonos las pestañas en el melancólico ejercicio de revisar los diarios de entreguerras, un soldadito de plomo que ha encontrado, dice, en un baratillo de tercera mano, "curtido ya en mil batallas, con cicatrices de guerra y sin pedestal", aunque el viejo anticuario que se lo vendió le regaló una peanilla de madera de procedencia incierta para sostener su veteranía malherida. Más que un soldado, es un caballero, un jinete que cabalga sable en mano, con su bigotito y su vistosa guerrera al hombro. Un húsar de Pavía, precisa Soledad, tendríamos que preguntarle a nuestro Luis Sánchez-Moliní por datos más precisos acerca de los viejos regimientos ahora motorizados, pero así al pronto la mención nos lleva a aquellos otros que según es fama salvaron Viena del asedio del turco o sobre todo a los dos formidables personajes de la maravillosa novela de Joseph Conrad, El duelo, quizá la que hemos leído más veces entre las suyas. Cuántas horas hemos pasado en la compañía de los dos bravos oficiales, Feraud y D'Hubert, tan distintos y tan semejantes, fascinados por las evoluciones de su pleito interminable. Hay sin embargo batallas que se libran en el estudio y cuánta razón tenía el gran poeta y amigo Vicente Tortajada, tan vivo en la memoria, cuando nos llamaba esforzado teniente. Hemos puesto la figurita junto a una burda calavera de escayola que nos recuerda a diario los desvaríos del adolescente retromodernista que fuimos, como uno de aquellos muchachos ensoñados que visitaban al poeta de Moguer en su lánguido peregrinar por los sanatorios del primer siglo veinte. Pesa el calor y pesan las largas horas de trabajo, no se ve la luz al final del túnel pero llegará, como llega todo. Y cómo hieren entre tanto los días azules. Y cuánta nostalgia del mar, del aire del monte, de los prados y los bosques que los hermanos, siempre disponibles al otro lado de la pantalla, disfrutan en la sierra adonde fantaseamos con retirarnos. Iguales se suceden los días y sólo las voces o las palabras amigas nos sacan por unos momentos de la ajada actualidad de aquellos años de fuego, como los ha llamado Fernando Castillo, en los que las malditas guerras se llevaron por delante los anhelos -nada épicos, pero infinitamente más nobles que los pregonados por la canalla patriotera- de los amantes de las sociedades libres. E incluso agotados, con los codos enrojecidos y calambres en los dedos, nos sonreímos al ver al húsar inmortal sobre el alazán de patas blancas, galopando sin cesar en su decidida carrera hacia ninguna parte.

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